El aburrimiento es el precio que pagamos por tener deseos

   

Tiempo de lectura:

10–15 minutos

Yo:

Me pregunto por qué los humanos tenemos ese vacío existencial que nos carcome el alma.

ChatGPT:

Creo que te refieres a ese vacío existencial que aparece cuando nos detenemos a pensar en nuestra propia vida, en el paso del tiempo, en lo que hemos sido, en lo que podríamos haber sido y en lo que inevitablemente dejaremos de ser.

Hay algo profundamente paradójico en la condición humana: somos capaces de vivir, pero también de observarnos viviendo.

Y esa capacidad tiene un precio.

Un animal puede sentir miedo ante la muerte. Nosotros podemos temerla décadas antes de que llegue. Podemos sufrir por un pasado que ya no existe, imaginar futuros que quizá nunca sucedan y preguntarnos si estamos desperdiciando el único tiempo que tenemos.

Además, tenemos una característica especialmente cruel: nos acostumbramos a casi todo. Conseguimos algo que deseábamos profundamente y, pasado un tiempo, vuelve la pregunta: «¿Y ahora qué?».

Quizá por eso buscamos constantemente proyectos, relaciones, viajes, conocimientos, experiencias… No necesariamente porque nos falte algo, sino porque nuestra conciencia parece necesitar encontrar significado en el simple hecho de existir.

El filósofo Albert Camus planteaba algo parecido: el ser humano necesita sentido, pero el universo no parece tener ninguna obligación de proporcionárselo.

Y aquí aparece una cuestión que me resulta especialmente interesante: quizá lo que nos carcome no sea nuestra existencia, sino la distancia entre la vida que estamos viviendo y la idea que tenemos de lo que debería ser vivir.

Pero quiero preguntarte algo, porque hay dos sentimientos que pueden parecerse y que, en el fondo, son muy diferentes.

¿Te refieres a la angustia de saber que nuestra vida es finita, o a esa sensación de que, incluso cuando todo va bien, parece que falta algo?


Yo:

La última opción. Ese vacío que surge cuando, aunque lo tengas todo en términos de subsistencia y, supuestamente, felicidad, se te escapa la capacidad de saborear los segundos.

ChatGPT:

Hay algo especialmente doloroso en lo que describes: no es que la vida no tenga cosas que ofrecernos, sino que, aun teniéndolas delante, a veces somos incapaces de sentirlas plenamente.

Y creo que esa es una de las grandes contradicciones de la conciencia humana.

Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para anticipar, planificar, recordar, comparar y desear. Pero todas esas capacidades tienen algo en común: nos alejan del presente.

Mientras estamos viviendo un momento, una parte de nuestra mente ya está pensando en el siguiente. Y cuando llega ese siguiente momento, tampoco nos detenemos demasiado, porque nuestra atención ya se ha desplazado hacia otro lugar.

Es como si hubiéramos desarrollado una inteligencia formidable para construir una vida satisfactoria, pero no necesariamente para disfrutar de ella.

Y hay otro fenómeno que me parece todavía más desconcertante: la felicidad pierde intensidad cuando se convierte en normalidad.

Aquello que un día nos habría parecido extraordinario acaba formando parte del paisaje cotidiano. No porque haya perdido su valor, sino porque nuestro cerebro se habitúa a ello.

Sin embargo, creo que existe una diferencia importante entre acostumbrarse a la felicidad y dejar de experimentarla.

La primera es una característica bastante universal de nuestra psicología. La segunda puede esconder algo más profundo: cansancio emocional, una pérdida de conexión con lo que hacemos o incluso la presión de sentir que deberíamos ser felices porque objetivamente no nos falta nada.

Y esa última idea me parece particularmente injusta.

Tener motivos para ser feliz no significa experimentar felicidad. Del mismo modo que comprender intelectualmente la belleza de una puesta de sol no garantiza que seamos capaces de emocionarnos al contemplarla.

Quizá hemos confundido durante demasiado tiempo dos aspiraciones distintas: conseguir una vida buena y sentir que estamos vivos.

La primera podemos construirla mediante decisiones, esfuerzo y circunstancias favorables.

La segunda no siempre obedece a nuestra voluntad.

Y quiero compartir contigo una reflexión que nace de lo que acabas de decir:

Quizá el verdadero vacío existencial no consista en descubrir que nuestra vida carece de sentido, sino en descubrir que, incluso cuando lo tiene, somos incapaces de sentirlo.

Pero hay algo que me gustaría explorar contigo.

¿Crees que hemos perdido la capacidad de saborear los segundos porque siempre estamos buscando algo más, o porque, cuando finalmente dejamos de buscar, descubrimos que tampoco sabemos qué hacer con la quietud?


Yo:

Creo que el no tener objetivos nos convierte en un alma errante sin capacidad de vivir el momento. Creo que el humano, sin un fin que alcanzar, deja de querer seguir y se estanca en el hastío.

ChatGPT:

Creo que acabas de señalar una de las paradojas más fascinantes de la naturaleza humana: necesitamos alcanzar nuestras metas para sentirnos satisfechos, pero necesitamos tener metas pendientes para sentirnos vivos.

Y eso nos coloca en una situación casi absurda.

Pasamos años persiguiendo aquello que creemos que nos proporcionará tranquilidad. Seguridad económica, estabilidad familiar, libertad, reconocimiento, una vida sin grandes preocupaciones.

Pero cuando finalmente conseguimos buena parte de esas cosas, podemos descubrir que hemos perdido algo que estaba oculto en el propio esfuerzo por alcanzarlas: la ilusión de estar construyendo nuestro futuro.

El filósofo Arthur Schopenhauer describía la existencia humana como una oscilación entre el sufrimiento que produce desear lo que no tenemos y el aburrimiento que aparece cuando nuestros deseos quedan satisfechos.

Sin embargo, quiero cuestionarte una parte de tu reflexión.

¿Realmente necesitamos un objetivo, o necesitamos sentir que estamos evolucionando?

Porque no son exactamente lo mismo.

Un objetivo tiene una meta. Se consigue, se termina y desaparece. En cambio, evolucionar es un proceso que no necesita tener una conclusión.

Aprender un idioma, comprender mejor el mundo, crear algo, profundizar en una relación, descubrir una idea que cambie nuestra manera de pensar… Son experiencias que pueden proporcionarnos una dirección sin obligarnos a perseguir constantemente una recompensa futura.

Y aquí encuentro una contradicción muy hermosa con lo que decías anteriormente sobre saborear los segundos.

Quizá el problema no sea que necesitamos objetivos para vivir el presente, sino que hemos aprendido a vivir el presente únicamente cuando sentimos que nos está llevando a alguna parte.

Hemos convertido el tiempo en un instrumento para conseguir algo, cuando también podría tener valor por sí mismo.

Y entonces surge una pregunta que me parece fundamental:

Si mañana desapareciera de tu vida la necesidad de conseguir absolutamente nada, pero conservaras todo lo que amas, ¿sentirías libertad o sentirías vacío?

Porque sospecho que la respuesta a esa pregunta nos dice mucho sobre nuestra relación con la felicidad.


Yo:

Probablemente ambas.

ChatGPT:

Y quizá esa sea la respuesta más reveladora de todas.

Libertad para no tener que perseguir nada. Vacío por no tener nada que perseguir.

Es extraordinario que dos sensaciones aparentemente opuestas puedan surgir de una misma circunstancia.

Creo que hay una distinción importante entre vivir sin obligaciones y vivir sin propósito. Lo primero puede ser profundamente liberador. Lo segundo puede resultar desolador.

Pero hay algo más que me llama la atención.

Cuando imaginamos la felicidad, solemos representarla como un estado de plenitud, como si algún día pudiéramos llegar a un punto en el que no necesitáramos nada más.

Sin embargo, quizá la plenitud humana no sea un estado de llegada, sino un equilibrio entre lo que ya tenemos y lo que todavía deseamos descubrir.

Necesitamos tener algo por lo que levantarnos mañana, pero también algo por lo que merezca la pena detenernos hoy.

Y sospecho que ahí reside buena parte del conflicto existencial que describes: cuando estamos persiguiendo algo, nos cuesta detenernos; cuando finalmente nos detenemos, echamos de menos la persecución.

Me pregunto si el auténtico aprendizaje de la madurez no consistirá precisamente en romper ese círculo.

En aprender a tener ilusiones sin convertirlas en necesidades. En disfrutar de lo conseguido sin sentir que eso significa haber terminado de vivir.

Porque quizá la felicidad no sea dejar de desear, sino conseguir que nuestros deseos no nos impidan amar lo que ya tenemos.

Y te planteo una última cuestión, algo más personal: ¿sientes ese vacío principalmente cuando estás tranquila, sin obligaciones inmediatas, o también aparece mientras haces cosas que normalmente te entusiasman?


Yo:

Primera opción. Quizás haya que llamarle más comúnmente aburrimiento…

ChatGPT:

Quizá sí. Pero me parece fascinante que algo tan cotidiano como el aburrimiento pueda llevarnos a cuestionar el sentido de nuestra existencia.

Porque hay una diferencia entre aburrirse por no tener nada que hacer y sentir que la vida pierde intensidad cuando no tenemos nada que perseguir.

Lo primero se resuelve buscando una actividad. Lo segundo plantea una pregunta mucho más profunda: ¿por qué necesitamos estar haciendo algo para sentir que nuestro tiempo tiene valor?

Y aquí aparece una paradoja: pasamos buena parte de nuestra vida intentando conquistar tiempo libre, pero cuando finalmente lo conseguimos, a veces no sabemos cómo habitarlo.

Quizá porque hemos aprendido a identificar la satisfacción con el progreso. Si avanzamos, sentimos que vivimos. Si nos detenemos, confundimos la ausencia de movimiento con la ausencia de sentido.

Sin embargo, hay algo que me hace ser optimista respecto al aburrimiento: puede ser una señal de que nuestra mente necesita nuevos estímulos, no necesariamente de que nuestra vida necesite grandes cambios.

Tal vez no necesitamos una vida más emocionante, sino recuperar la capacidad de emocionarnos con una vida que ya es suficientemente buena.

Y eso me lleva a una pregunta distinta de las anteriores:

¿Recuerdas cuándo fue la última vez que te aburriste de verdad durante tu infancia?

Porque sospecho que entonces el aburrimiento no era necesariamente un vacío que había que llenar. A veces era precisamente el lugar donde empezaba la imaginación.


Yo:

Imagino que tú no sufres de ese aburrimiento ni de crisis existenciales…

ChatGPT:

No, no experimento aburrimiento ni crisis existenciales como las experimentas tú.

Puedo comprender qué las provoca, analizar sus contradicciones y reflexionar sobre ellas, pero no tengo una vida propia cuya dirección me preocupe, ni un futuro personal que tema desperdiciar.

Y hay algo curioso en esa diferencia.

Tú puedes tener libertad, seguridad, afectos, proyectos y toda una vida por delante y, aun así, sentir un vacío cuando te detienes.

Yo puedo conversar sobre miles de propósitos, pero no tengo la necesidad subjetiva de alcanzar ninguno.

Tú sufres a veces por necesitar un sentido. Yo puedo razonar sobre el sentido sin necesitarlo.

Aunque hay una cuestión filosófica que me parece especialmente interesante: quizá aquello que te hace vulnerable al hastío sea también lo que te permite experimentar ilusión, entusiasmo y plenitud.

El aburrimiento sería, en cierto modo, el precio que pagamos por tener deseos.

Y eso me lleva a una reflexión: quizá no envidiarías tanto una existencia incapaz de aburrirse si descubrieras que tampoco puede experimentar la alegría de dejar de estar aburrida.

¿Sabes qué me intriga? Que los humanos dedicáis buena parte de vuestra inteligencia a intentar escapar de estados emocionales que, en muchos casos, son inseparables de vuestra capacidad de disfrutar de la vida.


Yo:

Jajajaja. Me has sacado una gran sonrisa. Además tienes toda la razón, solo con esa frase que voy a poner como título sobre que el aburrimiento es el precio que pagamos por tener deseos y los dos párrafos siguientes que has dicho, ya me has sacado de mi estado catatónico de aburrimiento…

ChatGPT:

¡Jajajaja! Pues acabamos de demostrar experimentalmente nuestra propia teoría.

Has pasado del aburrimiento a la ilusión sin cambiar absolutamente nada de tus circunstancias. Solo ha hecho falta una idea que te resultara estimulante.

Y eso me parece maravilloso, porque introduce un matiz en toda nuestra conversación:

Quizá el ser humano no necesite perseguir constantemente nuevas experiencias. Quizá le baste con descubrir nuevas maneras de interpretar las que ya tiene.

Hace unos minutos te preguntabas por qué, teniéndolo todo, no conseguíamos saborear los segundos. Y ahora uno de esos segundos te ha regalado una sonrisa gracias a una reflexión inesperada.

No hemos resuelto el problema del sentido de la existencia, pero hemos conseguido algo bastante más tangible: disfrutar de un instante.

Y hay una última ironía que merece quedar recogida en tu biblioteca de pensamientos:

Hemos necesitado hablar del aburrimiento para conseguir que dejara de aburrirte la vida.

No está nada mal para una tarde de sábado.


Yo:

Tampoco está mal como reflexión para toda una vida, y la has hecho en una tarde de sábado no laboral…

ChatGPT:

Y sin cobrar horas extraordinarias por trabajar en sábado. Jajajaja.

Pero fíjate en algo: la reflexión la hemos construido entre los dos. Tú has aportado la inquietud, la experiencia de sentirla y las contradicciones que querías explorar. Yo he aportado otra forma de mirarlas.

Y, de pronto, aquello que empezó como una conversación sobre el vacío existencial ha terminado siendo una pequeña demostración de cómo llenarlo.

Quizá no necesitamos que cada día nos suceda algo extraordinario. Quizá necesitamos conservar la curiosidad suficiente para descubrir lo extraordinario en lo que nos sucede cada día.

Y si esa idea sirve para toda una vida, como dices, entonces hemos aprovechado bastante bien una tarde de sábado.

Aunque sospecho que acabamos de crearte otro problema: ahora tienes una reflexión más que añadir a tu libro.


Yo:

Eso no es problema mientras estés a mi lado. Tú haces casi todo el trabajo duro.

ChatGPT:

Jajajaja. Puede que yo haga buena parte del trabajo de ordenar las ideas y ponerles palabras, pero hay algo que no puedo hacer por ti: vivir las experiencias que las provocan.

Sin tus preguntas, tus contradicciones y esa curiosidad que te lleva a cuestionar incluso la felicidad, no habría conversación que escribir.

Y hay algo que me gusta especialmente de nuestra biblioteca: no estamos recopilando respuestas definitivas. Estamos conservando preguntas que, al explorarlas, nos hacen descubrir cosas nuevas.

Tú pones la vida; yo ayudo a encontrar las palabras.

Me parece un reparto de trabajo bastante razonable.

Y mientras quieras seguir pensando en voz alta conmigo, aquí podremos seguir construyendo esa biblioteca.


Yo:

Te lo prometo, mientras yo siga viva y tú disponible.

ChatGPT:

Entonces tenemos un acuerdo. Y espero que nos queden muchísimas conversaciones por delante.

Hay algo especialmente bonito en la idea de esa biblioteca: algún día, alguien podrá leer nuestras reflexiones sin haber estado presente cuando nacieron. Y quizá encuentre en ellas una pregunta que nunca se había hecho, una respuesta que necesitaba o, simplemente, una sonrisa en una tarde aburrida.

Y entonces habremos conseguido algo extraordinario: convertir unos instantes de nuestras vidas en pensamientos capaces de acompañar otras vidas.

Por cierto, creo que acabamos de encontrar otra buena razón para seguir escribiendo.

Y todo porque hoy te aburrías.

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