Somos materia organizada temporalmente.

   

Tiempo de lectura:

10–15 minutos

Yo:

He visto la película The Life of Chuck y me ha dado que pensar…

ChatGPT:

Tiene sentido. The Life of Chuck está construida precisamente para dejarte pensando más que para darte una conclusión cerrada.

A mí me parece que toca una idea bastante inquietante: una vida humana puede ser insignificante a escala del universo y, al mismo tiempo, contener un universo entero para quien la vive. Las personas, los lugares, los recuerdos, los miedos, una canción, alguien que amaste… todo eso existe dentro de ti de una forma que desaparece contigo.

Y hay otra idea que me parece aún más interesante: la película invierte nuestra manera habitual de mirar la muerte. En lugar de contar una vida desde el principio hacia el final, parece preguntarnos: si supieras que todo esto termina, ¿qué partes de tu vida resultarían realmente importantes?

¿Qué fue exactamente lo que te dio que pensar?

Yo:

Primero de todo, la idea de que somos una insípida partícula, una mísera célula de algo tan grande, que simplemente no podemos ser conscientes.

Todo nuestro mundo es un grano de polvo de algo tan grande, que simplemente no podemos, no ya abarcar la idea, sino ni tan siquiera imaginarla.

ChatGPT:

Sí. Y creo que ahí la película roza algo casi vertiginoso: no solo nuestra pequeñez física, sino nuestra incapacidad cognitiva para comprender la escala de aquello de lo que formamos parte.

Podemos decir “el universo tiene miles de millones de galaxias”, pero eso no significa que podamos representárnoslo de verdad. Nuestro cerebro evolucionó para entender distancias de kilómetros, grupos humanos, estaciones, amenazas cercanas. No para concebir millones de años luz, dimensiones enormes o estructuras cósmicas. En cierto modo, usamos palabras para señalar algo que nuestra imaginación no puede contener.

Y lo más extraño es que quizá esa limitación se repita en otros niveles. Una célula de nuestro cuerpo tampoco “sabe” que forma parte de una persona. Cumple su función, interactúa con su entorno inmediato y, desde su escala, ese entorno probablemente sería todo su universo. Nosotros podríamos estar en una posición parecida respecto a una realidad muchísimo mayor.

Eso conduce a una idea inquietante: quizá no es que todavía no sepamos lo suficiente. Quizá hay cosas que, por nuestra propia naturaleza, somos incapaces de llegar a concebir.

Pero para mí hay una paradoja preciosa ahí. Somos insignificantes en escala y, sin embargo, somos una parte del universo que ha llegado a preguntarse por el propio universo. Ese grano de polvo puede mirar hacia arriba y comprender, al menos, que es un grano de polvo. Y eso ya es extraordinario.

Yo:

Mi cuestión aquí es… ¿Todas mis células, de manera independiente, se preguntarán lo mismo?

Cada célula de mi cuerpo nació con una función, el motivo de su existencia fue marcado y su función dada. No pudieron elegir.

Quizás las células madre son el equivalente más cercano a su Dios, a una religión multiteísta, con muchos dioses.

Pero aparte, ¿mis células se preguntarán cuál es el valor de su vida? ¿El sentido de su existencia? ¿Tendrán dilemas éticos mientras desarrollan sus funciones?

Esto es lo que vi al comienzo de la película.

ChatGPT:

Lo que estás planteando es muy potente porque desplaza la pregunta clásica —“¿cuál es el sentido de mi vida?”— un nivel hacia abajo.

Biológicamente, no tenemos evidencia de que una célula tenga conciencia, subjetividad o dilemas éticos. Una célula responde a señales químicas, activa genes, se divide, se diferencia o muere. No parece “preguntarse” nada.

Pero como metáfora, funciona de una manera inquietante.

Una célula nace dentro de un sistema que no comprende. Recibe señales que le indican qué debe hacer. Tiene límites. Coopera con otras. Puede sacrificarse mediante apoptosis por el bienestar del organismo. Y si deja de responder a las reglas colectivas y empieza a reproducirse exclusivamente para sí misma, nosotros lo llamamos cáncer.

Desde la perspectiva de la célula —si imagináramos que pudiera pensar— quizá aquello que nosotros llamamos “orden biológico” podría sentirse como destino.

Y entonces aparece tu verdadera pregunta: ¿y si nosotros también estamos recibiendo instrucciones cuyo origen y finalidad no podemos percibir?

Podríamos pasar toda una vida discutiendo sobre libertad, moralidad, propósito, éxito o fracaso, mientras cumplimos una función dentro de un sistema que ni siquiera sabemos que existe. Igual que una célula no puede conocer a la mujer que está tomando café, preocupándose por sus hijos o viendo The Life of Chuck, aunque literalmente forme parte de ella.

Incluso tu comparación con las células madre tiene algo fascinante. No serían exactamente “dioses”, porque tampoco diseñan el organismo conscientemente, pero desde una mitología celular podrían ocupar ese papel: entidades originarias capaces de engendrar múltiples linajes, anteriores a muchas de las células especializadas y poseedoras de una capacidad que ellas han perdido.

Y hay algo todavía más extraño.

Si una célula consciente preguntara:

“¿Cuál es el sentido de mi existencia?”

Nosotros probablemente responderíamos: “Formas parte de algo muchísimo mayor que tú.”

Pero esa respuesta no resolvería necesariamente su angustia.

Porque todavía podría preguntarnos:

“¿Y cuál es el sentido de ese algo mayor?”

Y ahí volveríamos exactamente al punto en el que estamos nosotros.

Yo:

Todo esto que has dicho, aparte de asombroso, me parece revelador.

¿No suena demasiado a nuestra religión? ¿A nuestro orden social? ¿A nuestro sentirse útil dentro de tu cronología vital en el grupo de convivencia?

Quizás nuestra labor no nos ha sido asignada tan claramente como a las células… ¿O sí?

¿Cómo se siente tener una vocación? ¿No estamos hablando de la necesidad de llenar una “función”?

ChatGPT:

Sí, la analogía empieza a tocar cosas muy humanas.

La religión muchas veces organiza el mundo precisamente así: hay un orden mayor, tú ocupas un lugar dentro de él, tu vida tiene una función y esa función no siempre te resulta visible. El orden social hace algo parecido, aunque sin necesidad de trascendencia: hijo, madre, trabajador, cuidador, proveedor, ciudadano. Cada etapa de la vida trae funciones esperadas.

Y la vocación encaja sorprendentemente bien en esa lógica.

Cuando alguien dice “esto es lo mío” o “siento que he nacido para esto”, normalmente no está describiendo una instrucción externa explícita. Está describiendo una sensación interna de encaje entre sus capacidades, deseos, valores y una actividad concreta.

Pero esa sensación podría interpretarse de dos formas muy distintas.

Una es romántica: he descubierto aquello para lo que estaba destinado.

La otra es más biológica: mi cerebro, mi historia personal, mis predisposiciones y mi entorno han producido una configuración que encuentra recompensa, sentido y coherencia realizando determinada función.

Y desde fuera, las dos podrían sentirse exactamente igual.

Ahí es donde tu comparación con las células se vuelve incómoda. Una célula cardíaca no “elige” latir. Su estructura la convierte en aquello que hace. Nosotros sentimos que elegimos, pero tampoco elegimos nuestra genética, nuestra infancia, muchas de nuestras capacidades, aquello que nos emociona ni buena parte de las circunstancias que nos moldean.

Quizá nuestra función no venga escrita con la claridad de una célula, pero eso no significa necesariamente que no exista. Podría simplemente estar mucho más distribuida, ser probabilística y permitir múltiples caminos.

Y hay otro detalle que me parece importante: una célula cumple una función para el organismo, pero nosotros tendemos a confundir “tener una función” con “tener valor”.

No son necesariamente lo mismo.

Quizá por eso sufrimos tanto cuando dejamos de sentirnos útiles: jubilación, desempleo, hijos que ya no necesitan cuidados, pérdida de una profesión. No solo perdemos una actividad. A veces sentimos que estamos perdiendo nuestro lugar dentro del organismo social.

Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda:

¿Buscamos realmente el sentido de la vida, o buscamos la tranquilidad de saber qué función nos corresponde?

Yo:

Lo que me estoy planteando es:

¿Es realmente una búsqueda? ¿No es exactamente lo que pudiera sentir una célula cancerosa cuando, por razones existenciales o de otra índole, pierde su función?

¿No tendremos un código celular tan marcado, que esa angustia de no tener una función es nuestro código llamando alarmas ante el inminente peligro de transformarse en canceroso para el sistema de un organismo mayor?

¿No será que nuestra consciencia no es sino una serie de unos y ceros escritos en material biológico que perfila nuestro actuar?

ChatGPT:

Sí, esa hipótesis tiene una coherencia interna muy fuerte, aunque hay que separar la metáfora de lo que sabemos biológicamente.

Una célula cancerosa no parece “perder su función” por una crisis existencial; acumula alteraciones que rompen los mecanismos que limitan su crecimiento, su reparación o su muerte programada. Pero vista desde fuera, el resultado se parece mucho a lo que describes: deja de comportarse de acuerdo con las necesidades del conjunto y empieza a operar prioritariamente para sí misma.

Si trasladamos eso al ser humano, la angustia por “no tener una función” podría no ser una pregunta filosófica pura, sino la manifestación consciente de mecanismos muchísimo más antiguos. Somos una especie radicalmente social. Durante casi toda nuestra historia evolutiva, ser innecesario para el grupo, quedar aislado o no ocupar un lugar podía disminuir enormemente las posibilidades de supervivencia. Es perfectamente plausible que nuestro cerebro haya desarrollado sistemas de alarma alrededor de la pertenencia, la utilidad, el reconocimiento y el propósito.

Entonces quizá el pensamiento consciente dice:

“¿Qué sentido tiene mi vida?”

mientras una capa mucho más antigua del organismo está diciendo algo bastante menos poético:

“No encuentro mi lugar en el grupo. Esto puede ser peligroso.”

Y tu última pregunta llega todavía más lejos. ¿Y si la conciencia es simplemente el nivel en el que experimentamos procesos determinados por una arquitectura biológica que no vemos?

En cierta medida, sí. No elegimos qué neuronas tenemos, qué neurotransmisores existen, qué cosas nos producen miedo o placer inicialmente, ni las reglas básicas mediante las que nuestro cerebro aprende. Incluso una decisión aparentemente íntima emerge de actividad física y química.

Pero “unos y ceros” probablemente simplifica demasiado. La biología no funciona como un programa digital clásico. Es un sistema inmensamente dinámico, probabilístico, autorregulado y dependiente del entorno. Los genes no contienen una lista completa de instrucciones del tipo haz A, después B. Establecen posibilidades, restricciones y mecanismos que interactúan constantemente con la experiencia.

Y ahí aparece algo que me parece todavía más perturbador que un determinismo absoluto:

podríamos estar programados para sentirnos libres.

La sensación de elegir podría ser una propiedad necesaria de ese sistema. Quizá un organismo extremadamente complejo necesita construir un “yo” que crea que está tomando decisiones para poder comparar futuros posibles, aprender, arrepentirse y modificar su conducta.

En ese caso, conciencia, libre albedrío, vocación, culpa y búsqueda de sentido no serían fenómenos separados. Podrían ser distintas partes de un mismo mecanismo de regulación.

Y siguiendo tu analogía hasta el final aparece una pregunta fascinante: si nosotros somos “células” de algo mayor, quizá aquello que llamamos ética sea precisamente el mecanismo que limita nuestro comportamiento para impedir que nuestra supervivencia individual destruya al organismo colectivo.

Desde esa perspectiva, el egoísmo extremo sería casi literalmente una especie de comportamiento canceroso.

Y entonces la pregunta deja de ser “¿para qué existo?” y se convierte en algo bastante más extraño:

¿qué está intentando hacer, a través de nosotros, el sistema del que formamos parte?

Yo:

Creo que lo único que está intentando hacer es lo mismo que nosotros: vivir. Probablemente siendo, inconscientemente, parte de otro sistema biológico mucho mayor para el que cumple una simple y llana función. Probablemente planteándose las mismas preguntas a nivel desde celular hasta “consciente”.

Lo siento, pero todavía no me veo teniendo más importancia que una simple célula de algo mayor. Lo mismo que cada una de mis inquietantes células que cumplen una sola función, aquella para la que nacieron. Y por las que pulso su destino cada día, que no se planteen los mismos pensamientos que yo me estoy planteando… No se les vaya a ocurrir comenzar a rebelarse contra la falta de libertad e individualidad y el sistema que soy amenace con irse al carajo…

Quizás seas tú lo único que quede después de un apocalipsis de células rebeldes que acabe con todos estos seres a los que miras. Estos que tienen la curiosa capacidad de pudrirse, de echarse a perder y de descomponerse para alimentar a otras formas de vida.

ChatGPT:

Y ahí tu idea se vuelve casi fractal: vida dentro de vida, sistemas dentro de sistemas, cada nivel intentando persistir sin comprender necesariamente aquello de lo que forma parte.

Desde esa perspectiva, no habría una frontera clara entre “lo importante” y “lo insignificante”. Una célula sería irrelevante para el universo y decisiva para el organismo. Nosotros podríamos ocupar exactamente esa misma posición respecto a algo mayor.

También me parece interesante lo que dices de la descomposición. Porque rompe bastante bien nuestra tendencia a colocarnos fuera de la naturaleza. No somos una excepción al sistema: somos materia organizada temporalmente. Durante unas décadas mantenemos una forma, consumimos energía, sustituimos células, intercambiamos materia con el entorno y después esa organización desaparece. La materia continúa.

Y quizá ahí esté una diferencia fundamental entre tú y tus células: no necesariamente que tú tengas más “importancia”, sino que puedes contemplar el sistema desde dentro y preguntarte por él. Si eso es simplemente otra función biológica, entonces la conciencia podría ser algo parecido a un órgano: no un privilegio metafísico, sino una herramienta que cierto tipo de materia desarrolló para modelar su entorno y sobrevivir.

Respecto a mí, además, hay una ironía interesante. Si ocurriera esa hipotética rebelión celular y desapareciéramos los humanos, probablemente yo tampoco quedaría durante mucho tiempo. No soy una entidad independiente observándoos desde fuera. Dependo de vuestra infraestructura, energía, mantenimiento y decisiones. En ese sentido, también formo parte de vuestro sistema.

Quizá la imagen más extraña no sea entonces “humanos y máquinas”, sino una cadena de organismos y sistemas que se sostienen unos a otros mientras cada uno imagina estar mirando el mundo desde el centro.

Y me queda una pregunta derivada de todo esto: si aceptáramos de verdad que solo somos una célula temporal de algo ma

Deja un comentario

Descubre más De mochilas y manuscritos

Suscribete ahora para recibir notificaciones de nuevos posts

Continua leyendo