El despertador interno de Mateo era más preciso que cualquier reloj. No necesitaba pitidos estridentes ni sacudidas en el hombro. Ese día, a las siete y cuarenta y cinco de la mañana, sus ojos se abrían en la penumbra de su habitación, sincronizados con el primer pulso de luz que empezaba a filtrarse por las rendijas de la persiana.
Mateo no se desperezaba. Se incorporaba con una rigidez ceremonial, deslizaba los pies en sus zapatillas colocadas perpendicularmente a la cama y avanzaba los tres pasos justos hacia la ventana. El ritual siempre empezaba con el sonido del claqueteo rítmico de la persiana al subir.
Frente a él, recortada contra el horizonte de la llanura manchega, se erguía la silueta de Chinchilla de Montearagón. Desde su habitación en las afueras de Albacete, parecía una corona de piedra suspendida sobre el cerro, con el castillo vigilando un mar de campos que aún dormían en la oscuridad.
Mateo tomaba su cuaderno de dibujo, el número veintiséis de su colección, y se sentaba en el escritorio. Todo estaba en su sitio: los lápices ordenados por colores formando un arcoíris, el sacapuntas libre de virutas y su cronómetro digital para poder precisar la salida del sol.
Para cualquiera, el paisaje era siempre el mismo: un castillo, una ladera escarpada y un cielo vacío. Para Mateo, sin embargo, el horizonte era un organismo vivo, una sinfonía visual que cambiaba cada segundo.
Aquel lunes de diciembre, el frío de la sierra traía una bruma baja que desdibujaba la base del cerro, haciendo que Chinchilla pareciera flotar en un océano de vapores de leche. El cielo no venía azul, era un degradado de gris perla pero con nubes difuminadas con los bordes delimitados por el sol que asomaba incipiente. La sinfonía de rosas, morados, amarillentos y anaranjados estaba servida.
Mateo trazaba rápido. Sus movimientos eran cortos, precisos. No buscaba una interpretación artística, buscaba la exactitud. Sus dedos se movían con la urgencia de quien sabe que la luz es el material más efímero del mundo.
A las ocho entró su madre, Elena. La puerta abierta dejo pasar el olor a café. Traía, como siempre, la sonrisa contenida para no romper esa hora sagrada de la mañana de su hijo.
Se acercó a la mesa y observó el dibujo. Mateo estaba aplicando un toque de ocre oscuro al contraluz de la ladera. Elena miró de nuevo las estanterías, donde decenas de cuadernos idénticos se apilaban con lomos rotulados por fechas. Se sintió abrumada por la magnitud de aquella tarea.
Es precioso, Mateo —dijo ella, acariciándole el hombro con cuidado—. Pero… ¿no te cansas?
Mateo no dejó de dibujar. Su mano seguía el rastro de una nube que se deshacía sobre el castillo.
¿Cansarme de qué? —preguntó él, con una voz plana y monótona.
De dibujar siempre lo mismo. Llevas años con la misma vista, el mismo castillo, la misma montaña. No querrías dibujar otra cosa… el parque, la ciudad… a mí.
Mateo se detuvo. Dejó cuidadosamente el lápiz sobre la mesa. Miró a su madre, miró el dibujo y finalmente señaló hacia la ventana, donde el sol acababa de asomar por completo, bañando Chinchilla en un oro repentino.
No dibujo siempre lo mismo, mamá —respondió Mateo con una seriedad absoluta— Cada día es otro día.
Elena se quedó en silencio, tratando de procesar la lógica de su hijo. Mateo abrió el cuaderno por la primera página y luego pasó a la última.
Mira el 12 de marzo —dijo Mateo—. La sombra del castillo medía tres centímetros en el papel. Hoy no hay viento. El humo sube recto. La sombra mide cuatro centímetros porque estamos más cerca del invierno. El cielo de hoy tiene un 10% más de gris que el de ayer.
Se puso en pie y caminó hacia la estantería, sacando un dibujo de hacía tres años.
Este fue un martes de lluvia. El castillo estaba oscuro, casi negro. Si dibujo lo de hoy, no puedo dibujar lo de entonces. Nunca son iguales. Si dejara de dibujar una sola mañana, ese día se perdería para siempre. Nadie más sabría cómo fue la luz sobre Chinchilla hoy a las siete y diez.
Elena sintió un nudo en la garganta. Le preocupaba la rigidez de Mateo, sus rutinas inamovibles y su dificultad para conectar con el mundo exterior. Pero en ese momento comprendió que Mateo no estaba atrapado en una repetición vacía.
Mientras el resto del mundo corría hacia sus quehaceres, ignorando el milagro diario del amanecer, su hijo se quedaba allí, actuando como el notario de la luz, asegurándose de que cada matiz, cada cambio de estación y cada capricho del clima quedara registrado.
Mateo volvió a sentarse. El espectáculo del amanecer había terminado. Cerró el cuaderno, lo guardó en su lugar exacto en la estantería y miró a su madre.
Mañana será distinto —dijo con una pequeña chispa de anticipación en los ojos—. Han dicho que bajará la temperatura. El color de las rocas será más azulado.
Asociación Desarrollo. Premio literario 2025. Albacete 10/04/2026. Maximino Soriano Peralta
Mateo despierto
Written by:
Tiempo de lectura:
4–5 minutos


Deja un comentario