Mexicanos.
Me hicieron adicta a sus abrazos.
Y les tengo que hacer culpables de mi adicción.
Allá ustedes abrazan bien fuerte,
abrazan con el alma,
abrazan como si de un instante se tratara la eternidad.
Aquí se abraza como autómata,
sin rodear el cuerpo con el alma,
se acerca uno a la persona,
le pone los brazos alrededor,
y ni siquiera la aprieta contra sí mismo.
Los espacios que quedan entre una persona y la otra se sienten como inmensos vacíos de desamor.
Allá ustedes aprietan con los antebrazos,
acercan con las manos,
envuelven con el aliento.
Allá no sabes si te están abrazando o inmortalizando el cariño que sienten adentro.
Aquí el individuo se conserva generalmente opaco en cada abrazo.
Allá, ustedes, parten en dos su ser para fundirse con el otro.
Uno nunca sale intacto de un buen abrazo mexicano.
Y aquí estoy.
Condenada a echarlos de menos.
Maldita sea mi estampa.


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