Es curioso.
Acabo de ver Good Omens, la serie de Netflix, y es una de las pocas veces en mi vida en que la serie me ha gustado mas que el libro original. Y cuidado, no estoy diciendo en ningún momento que el libro sea malo. El libro es original, atrevido, maquiavélicamente pacífico, una belleza preñada de desesperanza, un anhelo constante de tiempos mejores.
Pero es que la serie de Netflix le da el retoque continuo, el aire moderno, el suspiro de anhelo, el cruce de los exótico con lo tradicional.
Good Omens nació de una amistad y de una correspondencia constante entre Neil Gaiman y Terry Pratchett.
Podría decirse que el libro se escribió como una conversación interminable.
Una idea pequeña, casi traviesa, surgió de un relato que Gaiman había comenzado. Pratchett leyó aquellas páginas y, en lugar de dejarlas dormir, respondió con entusiasmo. Desde entonces, los manuscritos viajaron de una casa a otra; unas veces por correo, otras por teléfono y muchas en largas charlas llenas de bromas. Ninguno sabía con certeza dónde terminaba una voz y comenzaba la otra.
Mientras uno sembraba ángeles cansados y demonios demasiado humanos, el otro añadía brujas, profecías absurdas y jinetes del Apocalipsis atrapados en el tráfico moderno. Las páginas crecían entre risas, tazas de té y discusiones sobre cuál sería la forma más divertida de acabar con el mundo.
Se cuenta que, al terminar, ambos eran incapaces de recordar quién había escrito muchos de los pasajes. Las frases se habían mezclado como dos corrientes que desembocan en un mismo río.
Así, Good Omens no fue escrito por dos autores sentados en silencio frente a sus máquinas de escribir. Fue escrito por una amistad: por cartas, llamadas telefónicas y una alegría compartida por encontrar lo absurdo en medio del Apocalipsis.
En el libro ángel y demonio son la antítesis de la coexistencia, y sin embargo, a través de la historia del universo y de los confines de lo eterno, sus vidas se entrecruzan ilimitadamente, confiriendo un halo de ternura a una impuesta y supuesta enemistad infinita.
Y sin embargo… Sin embargo dentro del demonio Crowley hay una ilimitada empatía, una ternura implícita en todos sus actos con tintes suicidas. Crowley es una poesía inacabada escrita por un artista borracho.
Está desaparado en su eternidad. Necesita la compañía de alguien, pero no de un cualquiera. Y encuentra en Aziraphale la horma de su zapato, el roto para su descosido, el ángel contra y al lado de quien siempre combate para asegurar la supervivencia de la humanidad.
Un ángel y un demonio forman una alianza para sostener la música clásica, la comida creativa, los juegos de cartas, los coches antiguos y las brujas olvidadas.
Una serie que te hace plantearte cuánto de bueno hay en lo malo y qué porcentaje de pecados capitales conforman la totalidad de lo bueno. Y es que el Yin y el Yang no existen el uno sin el otro, y la serie muestra ese intenso baile en el que estas dos divinidades condenadas a odiarse, acompasan sus corazones ante el ritmo del caos impuesto por las arbitrariedades de los humanos.
Hasta el punto en que ninguno de los dos puede dejar de ver los dilemas del otro. Ninguno de los dos puede existir sin comprender a su antagonista, sin admirar el bien que habita el mal y los defectos que plagan el preciado paraíso del bien.
Pero de veras que mi personaje favorito es Crowley. Un macarra pasado de rosca cuyo fondo es de una limpieza impoluta. Un rebelde de su propia causa que actúa en solitario y que no requiere de reconocimiento ninguno. Un irrespetuoso que sólo sigue sus propias normas, dicta sus leyes y caza en solitario. Pero que sólo busca lo que todos buscamos: que nos quieran.
Un hombre que, a pesar lo poco humano que es, muestra más humanidad que todos los sapiens que en la historia han sido.
Y que, en última instancia y cuando la espada de Dios está con el filo impartiendo orden divino, se sacrifica pidiendo la única cosa que nadie más se había planteado: LIBRE ALBEDRÍO. Libertad para los humanos. Poder de decidir su propio destino sin influencia de creencias, miedos, poderes místicos ni mitologías varias.
Una oportunidad más para estos mamíferos que se extinguen sin llegar a comprender qué esta pasando.
La oportunidad de vivir sus propias vidas sin tener ni jueces ni verdugos del más allá.
La oportunidad de tener sus propias fés sin predicadores milagrosos ni religiones temerarias.
Y así es como nosotros, los pobladores de este trozo de roca con centro de lava, conseguimos erguirnos de nuevo sobre nuestros pies. Gracias a un ángel caído, a un demonio desterrado, a un desertor de lo social, a un poeta de blasfemias, que nunca, en ningún momento, quiso cobrarse la cuenta…
Y es que, como decía un superhéroe: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Y quizá gracias a él, incluso el fin del mundo tiene algo de sonrisa.


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