Un largo secuestro

   

Tiempo de lectura:

5–7 minutos

Tengo la boca extremadamete seca. Me cuesta respirar por la cantidad del polvo en suspensión y lo entumecido de las fosas nasales.

Sinceramente, no se cuantos días vago por esta especie de desierto tipo estepario. Creo que tres, pero he perdido la cuenta.

Me duelen las articulaciones de tanto andar y pelearme con plantas secas para abrirme paso. Pero lo que mas me duele es la piel. La tengo áspera y rugosa, desecada por la arena y la sal que se respira en el ambiente. 

Tres dias con sus noches que me parecen una eternidad. Decenas de horas deambulando sin rumbo y dando gracias por haber conseguido escaparme de mis captores.

Si, estaba secuestrado. No se ni por quién, ni por qué, ni cuanto tiempo, ni donde. De la misma manera que no se donde estoy.

Hace tiempo que perdí la nocion del tiempo y el espacio.

Me siento desorientado y no me cruzo ni un alma en el camino para poder preguntarle alguna información útil.

Trato de tirar de mis recuerdos, pero no consigo nada. Todo esta borroso, difuso, como diluído por el paso del tiempo. 

De veras que no entiendo la razón por la que alguien querría secuestrar a un hombre como yo: en sus tardíos sesenta, sin ser especialmente agraciado ni atlético, y, que yo recuerde, sin tener especialmente mucho dinero. 

Recuerdo el sito donde me tenían encerrado. Paredes blancas, una cama de cuerpo y medio, una colcha gris. Un váter, ahora me acuerdo, tenía un váter adjunto a mi habitación.

Día y noche me tenían la puerta cerrada con llave después del tercer intento fallido de escapar.

Me asalta la memoria a traición mientras sigo caminando sin descanso por estas tierras áridas.

Recuerdo a mis captores: un hombre y una mujer. Cuarentones.

Yo gritaba y gritaba. Pedía socorro, quería salir. 

Ellos trataban de embaucarme con buenas palabras. Intentaban, en vano, calmarme. Imagino que había vecinos cerca y no querían que saltaran las alarmas sobre su delito en el vecindario. 

Yo gritaba y golpeaba la pared hasta que me quedaba sin fuerzas. 

Cuando ya no podía mas, entraban. Justo cuando más cansado estaba, para que no pudiera atacarlos. Me dejaban una especie de té y algo para comer. Pero yo nunca me lo tomaba. Aquello olía a droga, estoy seguro. Allí, en la comida es donde metían la droga para mantenerme inutil.

Maldita gente…

Que calor estoy pasando, madre mía…

Me costó decidirme a escapar. Y vean, estos captores deben ser primerizos, porque tenían un horario estricto, turnándose para pasarme desayuno, comida y cena.

Obviamente decidí ahorrar fuerzas y atacar al elemento más débil: la mujer.

Y sí, son tan novatos que un día escondí uno de los tenedores que me pasaron a la hora de la cena, y decidí esperar. Es mejor ser precavido y no alertarlos con prisas que pueden levantar sospechas. 

La hora de la comida. Ese sería mi momento. La mujer era bajita, de ojos rasgados y delgada. No me sería muy dificil hacerme con ella. 

La puerta de la casa, o donde quiera que estuviera encerrado, se abrió, sonido de llaves, pasos pausados. Una cadena del váter, más pasos. El sonido de un microondas, el chocar de platos… Mi hora se acercaba… 

El corazón me latía a mil por hora cuando la mujer giró la llave de la cerradura. Me apresuré a esconderme detrás de la puerta. En cuanto ésta se abrió hice un giro rapidísimo. No podría fallar.

La agarré desprevenida, le rodee la cabeza con mi brazo y le hinqué el tenedor en el cuello. Un fino chorro de sangre saltó a mi cara cuando lo extraí de esa carne fina. Y corrí, corrí, corrí.

Atravesé la estancia como un relámpago con el tenedor todavía en la mano. Abrí la puerta principal.

Y corrí, corrí, corrí hasta que mis pulmones de casi setenta años se me iban a salir del pecho.

Y desde entonces deambulo sin rumbo.

Para aguantar esta sed trato de pensar. De recordar mi vida antes del secuestro.

No consigo recordar si estaba casado, aunque recuerdo perfectamente un niño a mi lado. Un hijo quizás. Tenía los ojos azules. Un momento, sí. Debe ser ese mismo muchacho montado en una moto cuyo recuerdo me asalta a veces de madrugada. Son los mismos ojos. La misma sonrisa amistosa. 

Recuerdo un sillón de flores, vacío. En el que nunca me sentaba. Un libro llevaba años reposando en su regazo con un nombre escrito en la portada: Ellie. 

Espera, quizás libro y sillón habían pertenecido a mi mujer…

Un momento, me acuerdo de un jardín decorado con miles de flores blancas y mesas redondas con manteles color hueso. Parece una boda. Sí, es una boda, definitivamente. Será la mía. 

No, veo recortándose en mi memoria la espalda de los contrayentes. Un hombre alto delgado, y una mujer baja y esbelta a su lado en un vestido que brillaba con los destellos del sol.

Me estoy muriendo de sed. Mis músculos ya me fallan y apenas puedo arrastrar los pies en mi intento de seguir buscando ayuda. 

Me refugio en ese recuerdo que parece ser feliz. El hombre se gira sobre su espalda, me sonríe. Son los mismos ojos azules. Que orgullo, mi hijo se casó.

Me tropiezo, me caigo de bruces. No puedo más…

Una sala blanquecina viene a instalarse en mi pensamiento. Un señor de bata blanca. Alzheimer me dice. Alzehimer repite. Y el eco de la palabra inunda mis pensamientos hasta que me da una nausea interminable. Intento vomitar, pero mi cuerpo esta desprovisto de cualquier gota de líquido que pudiera sacar del estómago. 

Recupero el aliento. Recuerdo a mi hijo conduciéndome hasta una casa totalmente desconocida para mí. Tratando de convencerme que allí sería feliz y estaría bien cuidado. Tenía una expresión de inmensa tristeza. Yo gritaba, pataleaba… Me quería encerrar en una residencia, estaba seguro. 

Mi tiempo se estaba acabando, decidí volver a aquel recuerdo hermoso de las boda y terminar mis días con una sonrisa.

Mi hijo seguía allí, mirándome, sonriendo, en el día de su boda.

Su recién proclamada esposa comenzó a darse la vuelta, delgada, agraciada. Me miró, sonrió.

Y entonces la ví. Ojos rasgados, morena, delgada, baja… Una cara tan extremadamente familiar… Dios mío… NO… Mi nuera llevaba sirviéndome la comida desde hace más de dos años… Mi nuera, su casa, la pareja, la habitación, el ruido del microondas…

Una respuesta a «Un largo secuestro»

  1. Avatar de Maxi
    Maxi

    Uno de terror. Podría se un buen guión para un corto

    Le gusta a 1 persona

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