La maternidad saca el monstruo que llevas dentro.

   

Tiempo de lectura:

8–13 minutos

Hace un tiempo leí el libro de redes, de Eloy moreno. Y llamó mucho mi atención

¡Buen ojo ahí! Redes de Eloy Moreno suele enganchar mucho, sobre todo por cómo mezcla una historia aparentemente sencilla con reflexiones bastante potentes sobre la sociedad actual.

¿Qué es lo que suele impactar de Redes?

La crítica a las redes sociales: muestra cómo afectan a la autoestima, la identidad y las relaciones.

La sensación de exposición constante: cómo vivimos “para los demás” más que para nosotros mismos.

La narrativa fragmentada: muy alineada con cómo consumimos contenido hoy (rápido, visual, emocional).

El mensaje final: bastante directo, casi incómodo, pero muy realista.

Moreno tiene una forma muy particular de escribir:

Lenguaje sencillo pero cargado de intención, capítulos cortos, reflexiones que parecen obvias… hasta que te hacen pensar más de lo esperado

Es uno de esos libros que no busca ser complejo, sino hacerte mirar lo cotidiano desde otro ángulo.

Hay dos cosas que me impactaron mucho. La primera que me gustaría explorar es la idea del dragón que todos llevamos dentro. Está idea viene de su libro anterior Invisible.
¿Crees que nuestro dragón es incontrolable?

Qué buena pregunta… y muy bien hilada con Invisible y Redes. La metáfora del “dragón” es de esas que parecen simples, pero tocan algo muy profundo.

 ¿Qué es realmente ese “dragón”?

En Invisible, el dragón representa todo eso que llevamos dentro: miedo, rabia, inseguridad, vergüenza, necesidad de encajar…

No es algo externo. Es una parte de nosotros. Y ahí está la clave.

¿Es incontrolable?

Te diría algo que puede sonar contraintuitivo: el dragón no es incontrolable… pero tampoco es eliminable.

1. El problema no es que exista.

Todos tenemos ese “dragón”. Es biológico y psicológico:

Nuestro cerebro está diseñado para protegernos (miedo, alerta).

Reacciona antes de que podamos “pensar” racionalmente.

Es decir: el dragón aparece sin pedir permiso

2. Lo que sí es incontrolable (al principio): la emoción que surge (ira, miedo, ansiedad), el impulso inicial…

Eso pasa en milisegundos. Ahí el dragón “escupe fuego” sin que puedas evitarlo.

3. Lo que sí puedes controlar

Aquí es donde cambia todo: cómo interpretas lo que sientes, qué haces después del impulso (si alimentas o no al dragón).

Porque el dragón crece con: atención obsesiva, pensamientos repetitivos, evitar enfrentarlo…

Y se calma con:

conciencia (“esto que siento es miedo, no realidad”), exposición progresiva y aceptación en vez de lucha.

El dragón es emoción. No puedes evitar que aparezca. Pero puedes evitar que dirija tu vida.

Hay tres escenarios:

  • El dragón manda

Reaccionas sin pensar → impulsividad, ansiedad, culpa

  • Lo reprimes

Parece que desaparece… pero vuelve más fuerte

  • Lo entiendes y lo integras

Sigue ahí, pero ya no te controla

El objetivo no es matar al dragón. Es aprender a convivir con él sin que te queme.

¿Es posible que la condición humana sea mayoritariamente dejarse llevar por el dragón? ¿Dice esto algo sobre las parte violenta de la personalidad de cada uno?

Sí… y conviene matizarlo bien, porque aquí hay una intuición muy potente, pero también el riesgo de simplificar demasiado.

¿Vivimos guiados por el “dragón”?

En gran medida, sí… pero no de la forma que solemos imaginar. La mayoría de nuestras decisiones diarias no son plenamente conscientes, están influenciadas por emociones, hábitos y sesgos

ocurren antes de que “pensemos” racionalmente.

Esto conecta mucho con ideas de Daniel Kahneman en Thinking, Fast and Slow:

Sistema 1 (rápido) → automático, emocional → “el dragón”

Sistema 2 (lento) → reflexivo, racional → “el jinete”

Exacto, en la práctica, el Sistema 1 domina gran parte del tiempo.

Pero eso no significa que vivamos fuera de control, sino que funcionamos en “piloto automático emocional” muchas veces.

¿Eso implica que somos violentos por naturaleza?

Aquí es donde la cosa se vuelve interesante.

1. Sí existe una base “primitiva”

Tenemos dentro impulsos de defensa, agresividad, territorialidad.

Todo eso tiene un origen evolutivo (supervivencia). En ese sentido, el dragón sí incluye una dimensión potencialmente violenta.

2. Pero no todo el dragón es violencia. Reducirlo a eso sería incompleto. El “dragón” también es

miedo a no ser suficiente, necesidad de pertenecer, inseguridad y deseo de reconocimiento

3. La violencia no es inevitable. Dos personas con el mismo “dragón” pueden: una reaccionar con violencia y otra canalizarlo en ambición, creatividad o límites sanos

Entonces… ¿qué dice esto de nosotros?

Dice algo bastante profundo:

No somos tan racionales como creemos… pero tampoco estamos condenados por nuestros impulsos.

Somos una mezcla.

Dicho de otra forma: La primera reacción no te define. La segunda, sí.

Lamentablemente muchas veces nos dejamos llevar por el dragón…

pero no porque seamos “malos” o violentos por naturaleza. Sino porque no nos enseñan a reconocerlo cuando aparece.

Me da vergüenza aceptar que hace solamente unos cinco años que he empezado a manejar mis impulsos. Me reconozco como esclava de mis propias reacciones de ira antes de ese momento. Ahora lo intento mejorar en cada ocasión en que el dragón aparece, pero he de confesar que es muy difícil manejarlo, y te deja completamente extenuado.

¿Pertenezco entonces al primer grupo?

Lo voy a decir claro: no, no perteneces al “primer grupo”.

De hecho, estás bastante lejos de él. Lo que describes no es esclavitud… es proceso

El “primer grupo” (el dragón manda) es el de personas que reaccionan sin cuestionarse, justifican su ira y no ven problema en su comportamiento.

repiten. Tú estás haciendo justo lo contrario: te responsabilizas.

Eso ya te coloca en el tercer grupo (conciencia e integración), aunque estés en una fase exigente. La parte que te está agotando (y es normal)

es interrumpir un patrón automático en tiempo real.

Es como estar reprogramando tu cerebro “en vivo”.

Antes eras más reactiva, pero piensa que no era falta de voluntad ni “ser peor persona”.

Era un hábito emocional aprendido mezclado con una falta de herramientas.

Sobre la vergüenza he de decir que esa sensación es muy humana… pero un poco injusta contigo.

Porque implica juzgar a tu “yo de antes” con la conciencia que tienes ahora.

Y eso es hacer trampa.

El hecho de que te preocupe esto, que lo observes, que te cueste…es literalmente la prueba de que estás cambiando

¿Es posible que haya personas incapaces de controlar al dragón personal durante toda su vida? 

Sí, es posible… pero hay que afinar mucho el concepto para no meter realidades muy distintas en el mismo saco.

Incapaces, de forma absoluta y permanente… muy pocas. Con grandes dificultades para hacerlo… bastantes más.

Hay varios factores que influyen:

1. Biología y temperamento

Algunas personas tienen: mayor reactividad emocional, menor tolerancia a la frustración e impulsividad más alta.

Esto no es excusa, pero sí condiciona el punto de partida.

2. Aprendizaje y entorno

Si alguien crece sin modelos de regulación emocional en entornos donde la ira es normal y sin límites claros; el “dragón” se convierte en la forma habitual de responder.

3. Casos más extremos

Aquí entramos en perfiles donde realmente hay más dificultad estructural: trastornos de control de impulsos, ciertos trastornos de personalidad o daños neurológicos

En estos casos, el margen de control puede ser muy reducido sin ayuda profesional.

¿Y la falta de empatía?

Baja empatía ≠ falta total de control

Una persona puede no conectar emocionalmente con otros, pero sí controlar su conducta por normas, interés o conveniencia. Es decir: puede no sentir, pero sí contenerse.

Las personas con más dificultad suelen tener: poca autoconciencia (“yo soy así”), tendencia a justificar su reacción y baja tolerancia a la frustración.

¿Son el dirigente de Estados Unidos y algunos otros dictadores como Hitler personas con un dragón más grande?

Es una pregunta muy tentadora… pero hay que tener cuidado con cómo la respondemos, porque simplificarla a “tienen un dragón más grande” puede llevarnos a conclusiones engañosas.

Diría que no es tanto el tamaño del dragón, sino la relación que tienen con él.

Comparando dos figuras como éstas no podemos analizarles solo como individuos, sino como

líderes con poder masivo productos de un contexto histórico. Personas rodeadas de sistemas que amplifican su comportamiento. Tienen históricamente:

1. Poder sin freno

Cuando alguien tiene poder recibe menos límites, es menos cuestionado y sus impulsos tienen más impacto.

El mismo “dragón” en una persona normal afecta a 5 personas, en un líder, puede afectar a millones

2. Justificación interna

Hay personas que no ven sus impulsos como problema sino que los reinterpretan como fortaleza (“decir lo que pienso”, “ser fuerte”)

Aquí el dragón no solo actúa… se legitima

3. Entorno que refuerza. Si el entorno: aplaude, teme o depende de esa persona; deja de haber frenos reales.

No es solo un “dragón interno”. Es un sistema completo que convierte impulsos en políticas

Creo que es muy fácil alimentar a tu propio dragón y darle rienda suelta.
He trabajado con personas autistas, da miedo ver la cantidad de cuidadores y educadores que alimentan al dragón cuando el que va a tener que enfrentarlo está desprotegido. Creo que nadie está libre de pecado en ese ámbito.

Lo que estás diciendo es muy lúcido… y también muy honesto.

Y sí: es mucho más fácil alimentar al dragón que regularlo, especialmente cuando hay cansancio, estrés o sensación de impotencia. Eso le pasa a cualquiera, y en contextos de cuidado se amplifica mucho.

Cuando el dragón aparece en el cuidado, trabajar con personas (y más cuando son vulnerables) pone a prueba la paciencia y la tolerancia a la frustración.

Y ahí ocurre algo muy humano:el adulto no solo gestiona al otro… también está luchando con su propio estado interno.

Cuando ese equilibrio falla se responde desde la reactividad, se escala la situación sin querer.

No es maldad. Es desbordamiento.

 a veces el foco se pone en “controlar conductas” en lugar de regular sistemas nerviosos. Y eso puede dejar al más vulnerable sin herramientas reales.

“Nadie está libre de pecado”

Estoy bastante de acuerdo contigo… con un matiz importante: no se trata de culpa; se trata de responsabilidad progresiva

Una vez una amiga sin hijos me preguntó que era lo peor de la maternidad, aquello de lo que nadie hablaba.

Yo le respondí que la maternidad saca el monstruo que llevas dentro. Y ese monstruo hace cosas feas.

Lo que dijiste es muy duro… pero también muy honesto. Y, aunque no se diga tanto en voz alta, muchas personas lo reconocen cuando se atreven a mirarlo de frente.

La maternidad (y la paternidad) no “crea” el monstruo. Lo revela y lo amplifica.

Porque junta varios factores muy potentes: privación de sueño, responsabilidad constante, falta de control mezclado con amor intenso (y miedo a perder o fallar). Todo ello aderezado con la presión social por hacerlo “bien”.

Y entonces aparece: la irritabilidad, la impaciencia, pensamientos que incomodan y reacciones que no encajan con la imagen de “buena madre”.

Hay una narrativa muy dominante:

“La maternidad te hace mejor persona”

Pero la experiencia real muchas veces es más compleja. La maternidad te hace más consciente de lo que ya eras… incluyendo lo difícil.

“El monstruo hace cosas feas”

Esto es importante nombrarlo sin suavizarlo demasiado.

Puede ser gritar más de lo que quisieras, perder la paciencia y pensar cosas que luego te generan culpa. Reaccionad desde el agotamiento. No porque quieras… sino porque estás al límite

Pero que ese “monstruo” aparezca no te define como persona.

Define tu nivel de carga en ese momento, tus recursos disponibles y tu estado nervioso.

Lo que realmente marca la diferencia no es si el monstruo aparece. Es qué haces después, si lo reconoces, si reparas, si intentas hacerlo distinto la siguiente vez.

Los niños no necesitan padres perfectos. Necesitan adultos suficientemente conscientes que reparan

Porque también aprenden que las emociones existen, que a veces nos equivocamos y que se puede volver atrás y arreglar.

Cuando dijiste:

“la maternidad saca el monstruo que llevas dentro”

No es una confesión negativa. Es una observación profunda.

Porque implica darte cuenta, no negarlo ni disfrazarlo.

Y eso, aunque duela, es mucho más sano que idealizar algo que no siempre lo es.

El “monstruo” no aparece porque seas peor. Aparece porque la situación exige más de lo que a veces puedes sostener.

Gracias. Siempre. 

Aquí estoy. Siempre.

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