Yo estaba cansada, me ocupaba de todos menos de mí desde hacía más de una década. Estaba aturdida había jugado a ser pájaro más de media vida.
Tu desembarcaste como si de un vuelo a Barajas bajaras, como si a una terminal llegaras, como si del entorno de un aeropuerto se tratara.
No me viste no me buscabas a mí. Quizá te buscabas a ti mismo en unos ojos que ya no te reconocían.
Te vi de espaldas, hacía dos siglos que te había perdido la pista. Eras alto moreno, moreno, moreno, moreno….
Cómo pudo pasar? En qué momento desafiaste largo y tendido a la gravedad y te alzaste cómo hombre? Tus espaldas regañaron en silencio a mi recuerdo de ti, con un tinte oscuro como mis sueños, con una anchura inesperada, con un olor escondido a deseo.
Te diste la vuelta y allí estabas mirándome incorregiblemente falto de interés.
Yo te mire de frente no sé describir qué pasó. Te sentí a la altura en que se unen el vientre y los intestinos. El segundo cerebro le llaman. El que nos dicta lo que no podemos ver, el que intuye lo que más tarde comprenderemos. Aunque la mayoría de las veces sea ya demasiado tarde. Me agarró por dentro, me apretó fuerte, se me cortó la respiración, se me ancló la voz en la garganta. Mis pulmones pararon sus espasmos rítmicos para dejarme desnuda, descalza, sin armas, y con el alma pendiente de un hilo.
Esbozaste una sonrisa anodina a la que no pude reaccionar.
Y ahí empezaron mis días, mis días sin tí, mis días en los que sabiendo de tu existencia, me tendría que resignar a tu ausencia. Mis días interminables de perderme en profundos pozos infinitos, dónde al final siempre estabas tú, con el beso que nunca me diste, que no atiné a robarte.


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