Las cantinas de Guadalajara, Jalisco, de la mano de mi hermana del otro lado del charco.

   

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2–3 minutos

En las entrañas de Guadalajara, México, se encuentran las cantinas, esos templos de nostalgias y sueños rotos, donde las almas errantes buscan consuelo en el eco de sus propias voces. Las cantinas de esta ciudad son más que simples bares; son santuarios de historias susurradas, de risas y lágrimas que se disuelven en el tequila.

Guadalajara, en cada puerta batiente atravesada para entrar en sus antros bulliciosos, ofrece en cada sorbo, en cada canción, un poema de vida y muerte, un canto existencialista que resuena en el alma de cada visitante y en cada sorbo, sientiendo la calidez de la tierra jalisciense, que se entrelaza con el espíritu indomable de sus gentes. 

Cada cantina tiene su propio latido, su propia canción de cumbia o ranchera que arrastra a los parroquianos a un mundo paralelo donde el tiempo parece detenerse. Las paredes están impregnadas de anécdotas, de amores perdidos y esperanzas resucitadas con cada brindis. La luz tenue juega con las sombras de las botellas, creando un escenario donde cada sorbo de alcohol es un acto de valentía o resignación.

En estos a veces mal llamados «antros», los ancianos cuentan historias de penurias diversas y pasiones desbordadas, mientras los jóvenes buscan su propia revolución interior en el fondo de un vaso. El mariachi desafinado que suena en una esquina parece tener una importancia relativa, arrancando notas melancólicas que se mezclan con el murmullo de las conversaciones y el clink de los vasos.

Aquí, bajo el cielo de Guadalajara, las cantinas son el refugio de aquellos que buscan escapar de la soledad, aunque sea por un instante, encontrando en la compañía de desconocidos una especie de salvación. Enredados entre un vasto laberinto de mesas y sillas que es testigo de despedidas y reencuentros, de promesas hechas y olvidadas. 

Estos templos del sentimiento son espejos de la condición humana. Son lugares donde el dolor y la alegría coexisten, donde la vida y la muerte se entrelazan en un baile eterno, y donde cada copa alzada es un recordatorio de la fragilidad y la belleza de nuestra existencia individual, y en conjunto.

Aquí, las paredes respiran historias y el alma encuentra un eco en el cristal del fondo de cada vaso.

La cantina es más que un simple lugar; es un estado del ser, una realidad alternativa donde los dolores se ahogan en tragos amargos y las alegrías se celebran con la intensidad de quien sabe que son efímeras, siempre efímeras. 

Es en estos templos del desasosiego es donde se revela la verdadera esencia del ser humano: vulnerable, imperfecto, pero siempre buscando una chispa de conexión en la oscuridad de la existencia.

Salir de una cantina es volver al mundo con el corazón un poco más liviano, con la nostalgia de lo vivido y la certeza de que, en algún rincón de la Perla Tapatía, siempre habrá un lugar para volver a ser parte de esta eterna celebración de la vida.

5 respuestas a “Las cantinas de Guadalajara, Jalisco, de la mano de mi hermana del otro lado del charco.”

  1. Avatar de Melissa Martell
    Melissa Martell

    Que forma mas linda de describir una cantina. Nunca he visitado Mexico pero sin dudas me encantaria. Gracias

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    1. Avatar de DHS
      DHS

      Gracias a ti Melissa por leerme y comentar. Gracias.

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  2. Avatar de pk 🌎
    pk 🌎

    Fantástico 💯

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    1. Avatar de Narizdetacon82
      Narizdetacon82

      Gracias

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  3. Avatar de Adriana Hernández
    Adriana Hernández

    Creo que me ganaste en pisar una cantina antes que yo, y me venciste porque es la ciudad en la que yo vivo, jajaja.
    Gracias por compartir una descripción que viene del alma que traduce la belleza que ven tus ojos

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