
Durante siglos, la soledad tuvo rostro femenino, aunque casi nadie la miraba. Estaba ahí, escondida en el corazón del hogar, disfrazada de deberes domésticos, maternidad y entrega. La mujer, rodeada de hijos y marido, podía vivir en un silencio emocional profundo. No le faltaba compañía física, pero sí espacios propios, redes de apoyo, amistades íntimas…