
Quisiera que conocieras el sabor de mis lágrimas. Quisiera que vieras a través de mis ojos. Quisiera que sintieras a través de mi alma. Quisiera que olieras a través de mi nariz. Quisiera que respirarás el aire que yo respiro. Quisiera que fueras, que fueras, que fueras, el aire que se respira. Ya quisiera ser…

Bucarest es sucia, está descuidada y a veces te agota. Pero tiene algo que pocas ciudades europeas conservan: un alma de verdad, forjada entre imperios y todavía en pie.