Érase una vez, en algún lugar de La Mancha, había una niña. Vivía con la familia real. La niña era muy curiosa y quería descubrir nuevas cosas, pero sus padres, el rey y la reina, apenas le dejaban salir del castillo. Por esto, empezó a hacer manualidades. Al principio eran cosas simples, pero, a medida que adquiría más habilidad, empezó a crear cosas más complejas, en concreto unos muñecos de lana. Practicaba todos los días haciendo muñecos, día y noche; era su pasión.
Pero un martes, como otro cualquiera, acabó un muñeco. Era un muñeco normal, pero tenía algo raro. La niña no sabía qué era; le daba la sensación de que pasaba algo que no podía nombrar. Intentó ignorarlo y se fue a dormir.
Al día siguiente, se despertó, desayunó y se lavó los dientes. Todo parecía normal; sin embargo, cuando fue a su habitación, recordó el muñeco del día anterior. Rápidamente lo buscó en cajones, armarios, estanterías… No lo encontraba en ningún lado, así que decidió tumbarse en su estrecha cama, donde acabó dormida.
Se despertó a la hora de comer, con los gritos de sus padres llamándola. Ya se había olvidado del muñeco cuando terminó de comer, pero, cuando volvió a su cuarto, se quedó con la boca abierta: el muñeco de lana, un elegante conejo blanco, estaba en el centro de su cama, en la misma cama que había sido ocupada por su dueña hacía solo unos minutos. Además, el conejo tenía una leve aura azul. Alicia, la creadora de aquel extraño peluche, quedó estupefacta; no se lo podía creer. Cogió el muñeco y fue corriendo a enseñárselo a sus padres, los cuales también estaban increíblemente sorprendidos, pero no por la misma razón.
Alicia entró en la habitación de sus padres gritando:
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Mirad!
Enseñó el conejo blanco a sus padres, sorprendidos por la visible condición de su hija. Preguntaron:
—¿Qué pasó?
La chica les explicó lo que había pasado en su habitación e intentó enseñarles el brillo azul del muñeco; sin embargo, no parecían creerla. Además, no podían ver el resplandor que emitía el conejo.
Después de intentar convencer a sus padres durante al menos media hora, Alicia se rindió. Nunca le creían. Salió corriendo a su habitación y se tiró en la cama.
—Mis padres piensan que estoy loca —pensó.
Y la verdad es que no se equivocaban. Al final, se quedó dormida otra vez; sentía como si algo consumiera su energía.
Despertó a medianoche. Podía escuchar a sus padres hablar, así que decidió ir a ver de qué hablaban. Escuchó:
—Tenemos que hacer algo, no podemos ignorarlo.
—Pero, ¿qué podemos hacer?
—Llamaré al doctor y mañana vendrá.
Alicia se asustó. Sabía que el doctor no traía nada bueno. Estaba abrumada por el cansancio y el miedo, pero decidió esperar.
Al día siguiente, sus padres la miraban preocupados. Desayunó y se lavó los dientes, como de costumbre, pero, después de comer, se oyó el timbre. Ella se asomó para ver quién era y, efectivamente, era el doctor. Entró y empezó a buscarla, seguido por el padre de Alicia. Después de poco tiempo, la encontraron. Su padre intentó explicarle que el doctor la iba a ayudar, pero Alicia se negaba. Había mucha tensión en la habitación; tenía miedo, pero, de repente, algo en el armario de la niña se movió.
Cuando Alicia abrió el armario quedó sorprendida una vez más, dentro encontró el conejo blanco que hizo, esta vez se estaba moviendo, salió del armario disparado junto con otros tres muñecos, y a sorpresa de todos, atacaron al doctor, este se intentó zafar, pero su esfuerzo fue en vano, los muñecos le arrancaron trozos de piel, carne y hasta dientes, Alicia y sus padres quedaron inmovilizados por el miedo, pero los peluches no pararon ahí, fueron a por los queridos padres de Alicia, rasgaron piel, sacaron sus ojos, mordieron su carne… Y la pobre niña se quedó allí con la cara y la ropa manchadas con la sangre de sus propios padres, empezó a llorar, lloró y lloró por horas hasta más no poder.
Hoy en día se dice que vive en algún lugar del bosque con sus muñecos, a lo mejor aprendió a controlarlos, ¿quién sabe?


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