Hay películas que te desenredan algo dentro.
La trenza (La Tresse, 2023), dirigida por Laetitia Colombani, es una de esas obras que hila con delicadeza tres destinos femeninos separados por océanos, pero unidos por una misma hebra invisible: el deseo de vivir con dignidad.
La historia empieza con Smita, en la India rural, donde nacer “intocable” es casi una condena genética. Su vida transcurre entre la miseria y la humillación, limpiando con las manos las letrinas de otros. Sin embargo, su rebeldía no nace del odio, sino del amor: quiere que su hija tenga una oportunidad de estudiar, de romper el ciclo. Y en esa decisión —pequeña, casi doméstica— comienza una revolución silenciosa.
A miles de kilómetros, en Sicilia, Giulia hereda el taller de pelucas familiar. Es el último eslabón de un oficio artesanal que se tambalea frente a un mundo que ya no valora las manos, solo la rentabilidad. Pero Giulia descubre que el cabello que transforma proviene de mujeres que, como Smita, han tenido que vender parte de sí mismas para sobrevivir. Lo que para unas es necesidad, para otras se convierte en símbolo de esperanza.
Y en Canadá, Sarah, una abogada exitosa, ve cómo el diagnóstico de cáncer deshace la ilusión del control absoluto. Ella, que lo tenía todo, debe aprender a aceptar la fragilidad, el tiempo, la pérdida. En un gesto casi místico, su peluca —hecha con el cabello de Smita y las manos de Giulia— se convierte en un recordatorio de la fuerza compartida entre mujeres que jamás se conocerán.
La trenza no pretende sermonear: sus tres historias fluyen como ríos que acaban encontrándose en el mar de lo humano. Pero, a medida que la vemos, surge una pregunta incómoda:
¿qué parte del bienestar del “primer mundo” se sostiene en el sacrificio del resto?
El cabello de Smita llega hasta Montreal. El trabajo barato de unas sostiene el confort emocional y estético de otras. Y aunque la película no busca culpables, sí deja flotando la sensación de que el lujo y la precariedad son dos caras de una misma moneda global.En cierto modo, La trenza nos muestra que el mundo está trenzado también en sus injusticias:
mientras una mujer en la India vende su cabello por unas rupias, otra en el norte del planeta se cubre con él para no mostrarse vulnerable.
Una da lo que le sobra de su cuerpo; la otra compra lo que le falta a su alma.
Ambas, sin saberlo, se salvan mutuamente.
En una época donde todo parece desconectado —culturas, clases, geografías—, La trenza recuerda que las vidas se entrelazan más de lo que creemos. Cada compra, cada gesto, cada cabello que cae tiene una historia detrás.
Y quizá ahí radique la belleza de esta película: en mostrar que el heroísmo cotidiano no ocurre en los titulares, sino en las decisiones invisibles que una madre, una hija o una trabajadora toma cada día.
Al final, cuando las tres historias se cierran, uno acaba con la sensación de haber viajado por el mundo sin moverse del asiento. Pero también la de haber comprendido que la fuerza que sostiene el planeta no es el poder, sino la resiliencia anónima de quienes siguen adelante pese a todo.
Hay una forma de fuerza que no se enseña en ninguna escuela:
la de las mujeres que se reconocen en el dolor de otras y, sin pensarlo, se tienden la mano.
No importa si están separadas por océanos, idiomas o clases sociales.
Cuando una cae, otra la levanta sin saber su nombre.
Cuando una calla, otra habla por las dos. La empatía entre mujeres tiene algo de milagro silencioso:
no busca protagonismo, pero cambia destinos.
A veces, basta un gesto, una palabra, una mirada,
para recordar que ninguna está sola —que todas formamos parte de la misma trenza.
Recordemos una condición que mueve el mundo sin que nos demos cuenta: No todas las revoluciones hacen ruido.


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