Afantasía e Hiperfantasía: dos formas de mirar hacia dentro

   

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3–5 minutos

Imagina que alguien te pide cerrar los ojos e imaginar una playa al atardecer. La mayoría de la gente ve mentalmente el sol escondiéndose, los tonos naranjas reflejados en el agua y la arena bajo sus pies. Pero hay quienes, al cerrar los ojos, no ven nada. Saben lo que es una playa, pueden describirla con detalle, pero su mente no proyecta ninguna imagen.

Arena, olas, sol naranja… Perfecto.
Ahora imagina que no ves nada. Cero. Negro absoluto.  

Eso se llama afantasía. En el extremo contrario, hay personas cuya mente dibuja imágenes tan vívidas que casi parecen fotografías internas: a eso se le llama hiperfantasía.

Este descubrimiento reciente, aunque siempre existió, ha abierto un debate muy interesante dentro de la filosofía de la mente: ¿qué significa imaginar? ¿Es ver imágenes internas? ¿Es pensar en conceptos abstractos? ¿O ambas cosas?

Los afantásicos no son robots fríos sin imaginación, ni los hiperfantásicos genios incomprendidos con superpoderes. Son simplemente dos estilos de mente:

Uno tira más de conceptos, lógica y palabras.

El otro se flipa con imágenes internas que parecen un cine IMAX.

Resultado:

El hiperfantásico piensa: “¿Cómo puede ser tan insensible, si fue horrible?”.

El afantásico piensa: “¿Por qué dramatiza tanto, si ya hablamos de esto?”.

Lo curioso es que durante siglos dimos por hecho que todo el mundo pensaba igual. “Imagínate un caballo” parecía una instrucción universal. 

Esto plantea una primera cuestión filosófica: si cada uno vive el mundo interior de manera distinta, ¿podemos decir que compartimos la misma realidad mental?

Para alguien con hiperfantasía, un recuerdo puede ser casi una película revivida, cargada de emoción. Para alguien con afantasía, el recuerdo es más una lista de hechos, palabras, datos. Ambos recuerdan, pero ¿es el mismo acto de recordar?

La filosofía siempre se ha preocupado por la relación entre memoria y verdad. Platón desconfiaba de la memoria como depósito fiel de lo vivido. Con la afantasía y la hiperfantasía la discusión se hace aún más rica:

Una persona con hiperfantasía puede reconstruir un recuerdo con tanto detalle visual que corre el riesgo de añadir cosas que nunca ocurrieron.

Una persona con afantasía, en cambio, se apoya más en narraciones o hechos, quizás menos coloridos, pero a veces más precisos.

Entonces, ¿qué es más verdadero: la memoria cargada de imágenes o la memoria basada en palabras y conceptos?

Aquí se rompe otro prejuicio: solemos asociar imaginación con imágenes. Pero la afantasía muestra que se puede ser muy creativo sin “ver” nada por dentro. Hay escritores que no visualizan escenas pero crean mundos enteros, y científicos que no proyectan fórmulas flotando en el aire, sino que trabajan con estructuras lógicas abstractas.

Esto plantea una idea importante: la mente no es una sola herramienta, sino un conjunto de caminos diferentes hacia la creatividad y el conocimiento.

¿Deberíamos entonces separar a la gente en función de estas capacidades? 

Claramente no. No se trata de “más” o “menos” capacidad, sino de diferentes estilos de pensar.

El afantásico puede ser un gran analista, lógico, narrador o estratega.

El hiperfantásico puede destacar en campos donde la visualización es clave: arte, diseño, arquitectura, incluso deportes donde imaginar el movimiento ayuda a perfeccionarlo.

La sociedad se enriquece precisamente cuando ambas formas de mente conviven y se complementan.

En el fondo, la existencia de la afantasía y la hiperfantasía es un recordatorio de algo profundo: no conocemos del todo cómo piensa el otro. Creemos que compartimos las mismas experiencias internas, pero cada cerebro construye el mundo de manera única.

La filosofía lleva siglos preguntándose qué es la conciencia, qué significa tener un “mundo interior”. Estos hallazgos muestran que ese mundo interior no solo es invisible a los demás, sino que ni siquiera tiene que parecerse entre personas.

Quizás, más que obsesionarnos con definir conceptos, deberíamos aceptar la diversidad mental como aceptamos la diversidad cultural. Igual que un idioma puede nombrar cosas que otro idioma no puede, una mente puede ver imágenes que otra solo comprende en conceptos. Ninguna es superior: ambas son ventanas distintas hacia lo real.

En definitiva: la afantasía y la hiperfantasía no son sino maneras diferentes de ser humanos. Y si algo nos enseña la experiencia de vida es que la riqueza está precisamente en esa pluralidad: en descubrir que pensar no siempre significa lo mismo para todos, y que el misterio de la mente es mucho más grande de lo que imaginamos.

Al final, lo importante es esto: la diversidad cognitiva existe. Y cuanto antes lo aceptemos, antes dejaremos de pensar que nuestra forma de imaginar es la “normal”. Spoiler: normal, lo que se dice normal, no hay nadie.

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