Película Black Crab, una meditación helada.

   

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2–3 minutos

Black Crab es una de esas películas que nos deja anclados a la silla,  expectantes, deseando con tensión que se resuelva la trama favorablemente. No es una película de acción postapocalíptica, aunque lo parece, sino una alegoría desesperada sobre la deshumanización en tiempos de guerra, donde la esperanza se convierte en una carga y la obediencia en una traición silenciosa a las creencias y a uno mismo.

Una historia que, bajo su apariencia de thriller postapocalíptico, esconde una meditación helada sobre la obediencia, la pérdida y la delgada línea entre esperanza y manipulación.

¿Qué queda de nosotros cuando todo lo demás se ha perdido?

En una vida devastada por un conflicto que nunca se explica del todo —porque tal vez no importa quién tiene la razón cuando todo está perdido—, seguimos a Caroline Edh, una madre transformada en soldado, convertida en engranaje de una maquinaria que ya no distingue entre justicia y supervivencia, arrastrada por una promesa: reencontrarse con su hija.

La misión plantada en post del fin del conflicto es absurda: cruzar un archipiélago congelado patinando como cangrejos en la noche, cargando un paquete “crucial para la paz”. Pero pronto descubrimos que esa paz, no es La Paz, esa pretendida paz tiene un precio: la propia humanidad.

La película plantea preguntas incómodas:

¿Qué estamos dispuestos a sacrificar en nombre del deber?

¿Cuánta verdad puede cargar una mentira cuando se disfraza de esperanza?

Edh camina sobre hielo, sí, pero también sobre una línea entre la fe y el autoengaño tan fina como susodicho hielo. Su motivación inicial —reencontrarse con su hija— se convierte en motor y en cruel trampa para ella. El sistema lo sabe. Usa sus debilidades en su propio beneficio. Nos recuerda cómo, en un mundo físico, las estructuras de poder se alimentan de nuestros afectos más profundos para convertirlos en armas.

En el silencio  del frío y de la noche, y de la manera más sacrificada posible, en una misión suicida, Edh redescubre que vivir no es lo mismo que obedecer. Que sobrevivir puede ser una forma de resistencia, pero también de rendición. Y que hay una diferencia entre luchar por un futuro y prolongar el presente solo porque no sabemos qué más hacer.

El final no busca redención, sino lucidez. Elige la única forma de romper el ciclo: desobedecer. Cuando los ‘buenos» y los » malos» se han disuelto en el gris del sucio hielo, el único acto realmente humano es decir no. No al cinismo. No al sacrificio inútil. No a la mentira disfrazada de victoria.

Black Crab nos recuerda que incluso en la guerra —o tal vez sobre todo en la guerra—, la brújula moral no se puede dejar congelar. Que la humanidad no se mide por cuántas órdenes cumplimos, sino por cuántas veces somos capaces de decir: “Hasta aquí llego. Me tenéis hasta los mismísimos”

La traición más peligrosa no es la del enemigo: es la de quien se disfraza de aliado, de causa justa, de promesa noble.
El oportunismo humano se alimenta del miedo, se disfraza de esperanza y vende salvación al mejor postor.
Por eso, proteger la conciencia, es hoy un acto radical.
Porque cuando todo es confuso, elegir lo correcto es el gesto más valiente. Y más solitario.

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