La mal llamada epidemia masculina no es la nueva soledad de los hombres, sino el hartazgo de las mujeres. El hasta aquí hemos llegado.

   

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Durante siglos, la soledad tuvo rostro femenino, aunque casi nadie la miraba. Estaba ahí, escondida en el corazón del hogar, disfrazada de deberes domésticos, maternidad y entrega. La mujer, rodeada de hijos y marido, podía vivir en un silencio emocional profundo. No le faltaba compañía física, pero sí espacios propios, redes de apoyo, amistades íntimas que no giraran en torno a la familia. Conversaciones con adultos.

Esa soledad femenina fue, sobre todo, invisible. La cultura la normalizó: “es lo natural”, se decía, “es el instinto de la mujer”. El aislamiento se confundía con virtud, con ser buena esposa y madre. Y mientras tanto, muchas se sentían solas en medio del ruido del hogar. No era un problema social, era un secreto íntimo lapidado por el silencio que impone seguir criando a tus hijos. Y por asumirse como normal, apenas aparecía en los debates públicos: como mucho en cartas privadas, en novelas veladas, en el murmullo de la literatura feminista temprana.

Hoy, en cambio, hablamos de una epidemia de soledad masculina. Encuestas, artículos, estadísticas: titulares que anuncian que los hombres tienen menos amigos cercanos, que dependen demasiado de la pareja, que tras una ruptura quedan sin red emocional. 

Lo que durante cientos de años se aceptó en silencio para las mujeres, ahora se convierte en tema de conversación, de políticas públicas, de alarma mediática. Reino Unido incluso nombró un Ministro para la Soledad.

La paradoja es evidente:

Cuando la soledad golpeaba a las mujeres, se escondía tras las paredes del hogar.

Cuando golpea a los hombres, se nombra como crisis, se mide, se convierte en asunto de Estado.

Durante mucho tiempo, muchas mujeres sostuvieron la vida emocional de sus maridos como si fueran sus madres. Ellos crecieron bajo un modelo de masculinidad que les prohibía mostrarse vulnerables, y ellas terminaban siendo las encargadas de escuchar, cuidar, organizar y resolverlo todo menos el trabajo fuera de casa. El marido quedaba relegado a un cheque a final de mes.

Ese pacto tácito mantenía la apariencia de equilibrio: el hombre encontraba en su esposa el único refugio emocional, y la mujer quedaba atrapada en un rol que mezclaba pareja con maternaje.

Pero en las últimas décadas el guion cambió: La educación, el trabajo y la independencia económica dieron a las mujeres la posibilidad de elegir.

Cada vez más mujeres dicen no querer “criar” a un marido infantilizado. Unido además a la normalización del divorcio: lo que antes era un estigma ahora es una salida legítima.

El resultado es que muchas mujeres decidieron cortar con todo antes de aceptar un vínculo desigual. Ya no toleran la soledad disfrazada de matrimonio. Después de todo, ¿Quién quiere compartir su vida con un insulso cheque?

El rechazo femenino a cargar con ese papel ha dejado al descubierto una fragilidad masculina:

Antes, la mujer quedaba sola en compañía, pero seguía sosteniendo a todos sin descanso y sin pedir nada a cambio.

Ahora, cuando ella se libera, él se encuentra con un vacío que nunca aprendió a llenar, por no haber sabido de su existencia.

Así aparece la llamada “epidemia de soledad masculina”. No porque la soledad sea nueva, sino porque ya no hay quien la tape ni la gestione en silencio. La emancipación femenina no creó la soledad masculina, pero sí reveló que estaba ahí, oculta bajo el contrato invisible de esclavismo de los cuidados.

En el fondo, se trata del mismo vacío: la falta de vínculos profundos, de espacios donde ser uno mismo sin máscaras. Pero la diferencia es cómo la sociedad lo ha contado: la soledad femenina se invisibilizó, la masculina se visibiliza.

Quizá ahí haya una lección. Ni la soledad callada de las mujeres fue menos dolorosa por pasar desapercibida, ni la soledad masculina de hoy es más grave por tener titulares. Lo que cambia es el espejo social: ayer el sufrimiento de ellas se confundía con deber; hoy el de ellos se traduce en alarma.

La mal llamada epidemia no es la nueva soledad de los hombres, sino el hartazgo de las mujeres. El hasta aquí hemos llegado. El que te lave los calzoncillos tu madre que, después de más de dos milenios, yo ya me he cansado. Y esta bien esperada epidemia va pegando fuerte. Agárrense los machos porque aquí no termina.

Viajar por estas dos historias de la soledad —la de encierro femenino y la de vacío masculino— es como caminar por distintos paisajes que revelan un salón de casa convertido en prisión permanente, un bar lleno de hombres que hablan de todo menos de lo que sienten, una calle bulliciosa donde alguien camina rodeado pero solo. 

Y entonces uno entiende que la soledad, más allá de estadísticas y etiquetas, está en todas partes.

Al final, lo importante no es si la soledad es visible o invisible, masculina o femenina, sino qué hacemos con ella. 

Y  en esto, amigo, las mujeres sacamos la ventaja de más de dos mil años de experiencia.

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