Me gusta que no te andes por las ramas. Las cosas hay que decirlas y mostrarlas como son. No hay nada más respetuoso que enseñar la realidad, sea todo lo incómoda que sea.
Suavizar la verdad es otra forma de disfrazarla. Mostrarla con crudeza —sin adornos, sin excusas— no es falta de sensibilidad, es una forma de respeto.
Respetar al otro es confiar en que puede mirar de frente, aunque duela. Y si incomoda, es porque toca algo que aún está vivo.
Vivimos en una época en la que la sensibilidad se ha convertido en una forma de censura. Se invoca la empatía para justificar el silencio, se exige amabilidad incluso frente a la injusticia, y se tiñe de eufemismos cualquier verdad que incomode.
Nombrar las cosas como son parece ofensivo. Pero, ¿a quién ofende realmente? ¿Al que sufre… o al que no quiere mirar?
Llamar las cosas por otro nombre, sustituir o obvio y esclarecedor por eufemismos enrevesados no es empatía, es maquillaje.
La realidad no desaparece por evitar nombrarla. Solo se vuelve más difícil de enfrentar.
La corrección constante ha convertido el lenguaje en un campo minado. No se habla: se rodea, se insinúa, se pide permiso para señalar lo evidente. Y mientras tanto, lo injusto sigue ocurriendo, lo absurdo se normaliza, y lo esencial se pierde entre frases acolchadas.
Claro que hay que cuidar cómo se dicen las cosas. No se trata de brutalidad. Pero hay una diferencia inmensa entre ser considerado y ser cobarde.
La verdad no necesita gritar, pero sí necesita ser dicha.
Porque si todo se vuelve matiz, si todo se relativiza, si todo es susceptible de ofensa, ¿cómo se denuncia el abuso? ¿cómo se advierte el peligro?
La realidad es incómoda, sí. Pero también es lo único que nos permite actuar con dignidad.
No hay respeto sin verdad.
Y no hay verdad si todo debe envolverse en algodones.
Y no por hablar directo es precisamente menos valioso lo que digo.
Y NO POR HABLAR DIRECTO ES PRECISAMENTE MENOS VALIOSO LO QUE EXPRESO.


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