Mira que hay formas raras de amor, diferentes, pero tan calidad como las demás. Pero… Ésto está a otro nivel.
Ayer vi una película cuyo tema principal era profundizar en la posibilidad de que tu pareja ideal pudiera encargarse como si fuera un electrodoméstico. Un ser diseñado para conocerte, entenderte, cuidarte y hacerte feliz, sin errores, sin discusiones, sin “días malos”.
Suena tentador, ¿no?
Eso es de lo que va I’m Your Man, una película alemana dirigida por Maria Schrader, que mezcla comedia romántica, ciencia ficción suave y filosofía de la buena. Nada de futuros distópicos con robots asesinos. Aquí el robot se llama Tom, parece sacado de un anuncio, educado y ha sido creado para ser la pareja perfecta de Alma, una investigadora racional, escéptica… y bastante cansada de la especie humana.
Pero claro, la cosa se complica, porque necesitamos una trama potente…
Detrás de las flores y los algoritmos aparece la pregunta incómoda:
¿Puede un amor programado ser real?
¿Nos enamoramos de lo que el otro es, o de lo que nos hace sentir?
La película nos toca la fibra de algunos temas que están más presentes en nuestras vidas de lo que pensamos:
la soledad elegante de quienes ya no esperan nada, las relaciones humanas en tiempos de algoritmos, la tentación de preferir lo predecible a lo imperfectamente humano y esa línea cada vez más borrosa entre conexión emocional y simulación.
En el fondo, Tom no es tan diferente de lo que buscamos hoy en una app de citas. Alguien que encaje, que no falle, que nos quiera “como queremos que nos quieran”.
Esta película no es ciencia ficción: es un espejo.
Si te gustó Her o algún episodio de Black Mirror, aquí tienes una joya más sutil pero igual de inquietante.
Porque a veces, lo más aterrador no es que las máquinas sientan… sino que nosotros dejemos de hacerlo.
La idea de una pareja perfecta creada por un algoritmo da vértigo, no tanto por la tecnología, sino por lo que revela de nosotros.
Cada vez que usamos una app de citas, un filtro, una lista de “red flags”, cada vez que buscamos a alguien que nos encaje más que nos desafíe, nos acercamos un poco a ese modelo de pareja artificial: alguien que se adapte a nosotros, y no al revés.
Pero el amor —el incómodo, el que te hace crecer y a veces doler— no es eficiente, ni perfecto, ni predecible. Tiene zonas grises, silencios raros, diferencias irreconciliables y momentos en los que no todo va bien… y aun así se elige seguir.
El robot Tom lo hace todo bien, pero justamente por eso no es humano. Su “amor” es un reflejo del deseo del otro, no un vínculo mutuo.
Y ahí está la clave: el amor de carne y hueso no se trata solo de que alguien te haga feliz. Se trata de dos mundos que se encuentran, se chocan, se modifican… y, a veces, en los mejores casos, hasta se salvan.
Amar de verdad es una experiencia humana, caótica, y preciosa precisamente porque es imperfecta.


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