«The Son». La película que nos muestra el abismo del ser.

   

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2–3 minutos

The Son no es solo una película sobre la depresión adolescente; es un espejo oscuro y sereno donde se asoma el drama existencial de una vida que no encuentra sentido. En la cinta de Florian Zeller, cada personaje se enfrenta a un vacío: el de la incomprensión, el del fracaso, el de una libertad que pesa más de lo que libera.

Nicolas, el joven protagonista, no es un adolescente «rebelde» ni «problemático», como intentan clasificarlo los adultos. Es un ser profundamente consciente de su malestar, atrapado en una angustia que no puede nombrar. Como Sartre nos recordaría, el hombre está condenado a ser libre. Y en esa condena, Nicolas no encuentra el manual de instrucciones para existir. Tiene libertad, sí, pero no sentido.

En una familia que intenta recomponerse desde la superficie —nuevas parejas, nuevos hijos, nuevas casas—, Nicolas representa la herida que no cicatriza, el pasado que no se deja olvidar. Su padre, interpretado por Hugh Jackman, quiere ayudar pero no sabe cómo. Confunde la voluntad con la solución, el orden con la cura. Y en su intento de arreglar a su hijo como se arregla una agenda o una mudanza, olvida que el sufrimiento psíquico no se repara, se acompaña.

The Son plantea un dilema doloroso pero necesario: ¿es el suicidio una decisión racional en un mundo donde nada tiene sentido? ¿O es, como diría Camus, el único problema filosófico verdaderamente serio?

Desde una óptica existencialista, el suicidio no es cobardía ni egoísmo. Es el punto final de un combate interior donde el mundo ha dejado de ser habitable. Es la renuncia a seguir fingiendo que el dolor es transitorio cuando se ha vuelto total. En este sentido, la película no busca juzgar a Nicolas, sino dejar que su silencio grite lo que todos los demás temen escuchar: que hay sufrimientos que no se curan con palabras, ni con pastillas, ni con amor mal administrado.

El suicidio en The Son no es un acto impulsivo. Es la conclusión trágica de una ausencia radical de sentido. Y sin embargo, Zeller no romantiza la tragedia. Nos obliga a sentarnos con ella. A mirar a los ojos a quienes sobreviven. A preguntarnos si alguna vez escuchamos realmente el grito detrás de la sonrisa, el peso detrás de la mirada, la despedida disfrazada de rutina.

Porque, en el fondo, The Son no trata solo del que se va. Trata también —y sobre todo— de los que se quedan preguntándose qué hicieron mal, sin entender que quizás nunca tuvieron el poder de cambiar el final. Porque hay dolores que no vienen de afuera. Hay dolores que nacen con uno, como una sombra adherida al alma.

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