Te voy a contar una historia que me ocurrió el mes pasado con mis amigos. Aquí va:
Estábamos en casa de Julio, mi amigo, mirando sin saber qué hacer y, de repente, Jorge dijo:
– Podríamos ir a una ruta de dos días.
Encendí mi móvil para que hiciéramos el plan. Gerardo respondió:
– ¡Yo creo que es buena idea!
Y así coincidimos todos en una fecha para ir a la montaña señalizada en la ruta.
El plan era el siguiente: empezar ruta en el punto de información al pie de la montaña todo verde, de corto recorrido y sin mucha pendiente, ascender al camino que llega a la montaña Caletas, ahí dormiríamos en tiendas de campaña y, por último, volver.
Empezamos la subida al colosal monte sin problema alguno, pero cada vez el camino era más empinado y nos cansábamos más; además, el terreno parecía de guerra: se oían ruidos y el terreno resbalaba.
Seguimos andando hasta la una menos cuarto, paramos a comer y habíamos hecho tiempo y quedaba poco para llegar a la cima; reanudamos el camino a la 1:30 y llegamos a la cima a las dos y diez aproximadamente. Allí se divisaba el más bello paisaje que he visto en años, unos arbustos con matas de flores rosadas multicolor que escondían trinos verdes rojos, unas estelas colinas de colores vivos y cientos de acantilados que te hacían sentir como si estuvieses flotando.
Después de admirar el paisaje unos momentos avanzamos un poco y, luego, ¡vaya!, llegamos a otro lado a las 3:15, continuamos el camino un largo camino de una hora y media al hotel y, cuando llegamos, estábamos derrotados.
Por suerte, teníamos nuestras correspondientes habitaciones y nos quedamos dormidos.
La mañana siguiente a las 9:30 me desperté, salí, toqué la puerta de Julio, esperé, nadie respondió; hice lo mismo en todas las demás puertas y solo Gerardo respondía.
Le pregunté alarmado:
– ¿Sabes dónde están los demás?
Gerardo, confundido, dijo:
– No, tú me has despertado.
– ¡Corre, los recogemos!
Coge tus cosas, vamos a buscarlos.
Corriendo salimos del hotel en busca de nuestros amigos. Recorremos todo el monte y no los encontramos, acabamos en un lugar lejano, preocupados, pero perdidos.
Por suerte, no sé cómo ni por qué, pero Gerardo se había preparado por todo. Trajo una brújula, la sacó de su mochila y gritó:
– ¡Vamos al sureste!
Gritamos y comenzamos a caminar. Cuando llegamos estábamos dolidos pero hambrientos, así que comimos y seguimos andando.
Al llegar al monte C, ya era 1:10.
Al darme cuenta le avisé a Gerardo y empezamos a andar con más prisa, andamos y andamos cuesta abajo. Hasta que llegamos juntos a cualquier lugar que unos conocían, procedimos a llamar y preguntar dónde estaban, a lo que respondieron:
– ¡En casa de Alberto!
Fin


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