En un mundo donde el pensamiento no puede ocultarse, el silencio se convierte en un privilegio perdido.
Walking Chaos nos presenta una distopia un tanto peculiar, en la que los hombres han sido condenados a vivir con el “Ruido”: una manifestación constante y visual de sus pensamientos. Sin embargo está «maldición» no se ha cernido sobre las mujeres… Gran dilema sobre la mesa…
¿Qué puede haber más aterrador que ser incapaz de esconder lo que uno es?
Desde una óptica existencialista, esta película dirigida por Doug Liman, basada en la saga literaria de Patrick Ness, pone en escena una pregunta fundamental: ¿somos libres si no podemos ocultar nuestro yo interior?
El protagonista, Todd Hewitt, crece en una sociedad donde el Ruido ha borrado la frontera entre el pensamiento y la acción, y donde la intimidad ha sido desterrada. Todo lo que uno es, se muestra. Todo lo que uno teme, se escucha. Todo lo que uno desea, se proyecta. El hombre ha perdido su refugio más íntimo: el silencio.
Sartre decía que “el infierno son los otros”, y en Walking Chaos esa frase toma cuerpo. La mirada ajena se vuelve insoportable cuando no hay lugar para la máscara ni el misterio. El Ruido no sólo expone la verdad, también convierte la conciencia en un campo de batalla donde uno ya no se pertenece a sí mismo.
Las mujeres, misteriosamente inmunes, se convierten en presencias enigmáticas, silenciosas, desconcertantes para una sociedad que ya no tolera los secretos. Y ahí es donde la historia toma un giro más oscuro y profundamente existencial: en Prentisstown, las mujeres han sido asesinadas. ¿Por qué? Porque su silencio se volvió insoportable para los hombres ruidosos. Porque en un mundo donde todo pensamiento se expone, el que permanece en silencio tiene poder. Y el poder inquieta….
Este exterminio no fue inmediato. Antes de matarlas, se les fue quitando la voz simbólicamente: se las marginó, se las temió, se las redujo.
El silencio, que debería ser libertad, se volvió amenaza. Las mujeres no solo escapaban al control, también representaban un espejo imposible: uno que no devuelve reflejo, sino preguntas. ¿Qué piensan? ¿Qué juzgan? ¿Qué esconden?
En una cultura donde el ser está supeditado al ruido, lo invisible se convierte en herejía.
La llegada de Viola, una mujer cuya mente permanece en silencio, revela el abismo que separa al ser humano del Otro. El deseo de control, la incomprensión del misterio ajeno, y el miedo a lo desconocido son elementos centrales que reflejan una angustia típicamente existencial.
Su aparición desencadena ese conflicto interior. Por primera vez, Todd tiene que convivir con el hecho de no saber lo que piensa el otro. Y es ahí donde comienza su despertar. En un mundo sin secretos, el misterio se vuelve revolucionario.
Esta llegada inesperada será la que desata el nudo de preguntas encadenadas que atenazaba a nuestro protagonista bajo el paraguas de los recuerdos de su madre.
La película no es sólo una aventura de ciencia ficción; es una metáfora cruda de la lucha por la identidad en un mundo donde la transparencia ha sido llevada al extremo.
¿Podemos ser auténticos si estamos constantemente expuestos? ¿O la autenticidad, como diría Kierkegaard, se encuentra justamente en la posibilidad de elegir, de esconder, de dudar?
En un presente donde las redes sociales exigen una constante exposición del yo, Walking Chaos resuena como un eco inquietante.
¿No estamos nosotros también construyendo un mundo sin silencio? ¿Y no estamos, como los hombres de Prentisstown, perdiendo la capacidad de tolerar el misterio del otro?
Viajar me ha enseñado que entender al otro no siempre requiere saber lo que piensa, sino estar dispuesto a acompañar sin invadir unos pensamientos completamente ajenos.
Walking Chaos es una advertencia disfrazada de ciencia ficción. Nos recuerda que sin intimidad no hay libertad, y que sin el derecho a guardar silencio, la existencia misma se vuelve ruido. Y tú, ¿cuánto de tu ruido es tuyo, y cuánto es el que otros esperan o temen que hagas?


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