La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, es una novela que nos sumerge en un retrato existencialista de la vida cotidiana, donde los personajes luchan contra la futilidad, las apariencias y el vacío, buscando en el proceso un destello de trascendencia. Ambientada en un edificio burgués de París, el relato es un estudio sobre la soledad, la desesperanza y la posibilidad de redención a través de la conexión humana.
La portera del edificio, Renée Michel, es el retrato de una figura casi invisible a ojos de los habitantes ricos que habitan allí. Renée lleva una vida doble: a simple vista es la típica portera inculta, pero detrás de esa fachada hay una mujer que devora libros de Tolstoi, reflexiona sobre Husserl y aprecia el arte en su forma más pura. Sin embargo, su miedo a ser descubierta y rechazada por no ser lo mediocre que se espera de ella, la condena a un aislamiento autoimpuesto.
Una niña de 12 años, Paloma, con una inteligencia extraordinaria, vive atrapada en una familia que considera superficial y absurda. Es una niña superdotada y precoz, profundamente desilusionada con la superficialidad de la vida adulta que ve a su alrededor. Desengañada por el mundo adulto y con el sinsentido que percibe en la existencia, Paloma planea acabar con su vida en su próximo cumpleaños, en ese mismo edificio donde trabaja René y vive si familia. Sin embargo, antes de ejecutar su plan, decide buscar algún atisbo de significado que le demuestre que vivir podría valer la pena.
Kakuro Ozu, Un nuevo inquilino japonés que encarna la sofisticación y la sensibilidad, es un hombre que, al igual que Renée y Paloma, percibe las sutilezas de la vida.
Inesperadamente, su presencia provoca en ambas una transformación: les muestra que detrás del absurdo puede existir belleza, uniéndolas de uva forma que en la vida cotidiana no hubiera podido ser aceptada por ambas.
Renée Michel vive sumida en la rutina, refugiándose en su anonimato y en su papel de portera. Se siente protegida detrás de su uniforme, que lleva como si portara una máscara. Con él asegura su clase social, su nivel de cultura. Muestra su refugio de tela detrás del cual se esconde aterrorizada por la posibilidad de ser descubierta. En estas condiciones es testigo de la vida de los inquilinos ricos que habitan el edificio como una obra teatral absurda: cargada de pretensiones, vacía de sustancia. La filosofía, los libros y su gato León son sus anclas en un mundo que le resulta hostil. Pero Renée ha elegido esconder su intelecto porque sabe que el mundo la juzgaría por su origen humilde.
En paralelo, Paloma Josse registra en su diario pensamientos que destilan una perspectiva profundamente existencialista. Para ella, el mundo está plagado de hipocresías y banalidades, y no encuentra razón para continuar viviendo. Sin embargo, mientras planea su suicidio, se da a la tarea de observar con atención cada detalle del mundo que la rodea, buscando algo que le revele un sentido oculto.
La llegada de Kakuro Ozu al edificio es un punto de quiebre. Kakuro, con su refinamiento y su capacidad para apreciar la profundidad en los demás, descubre rápidamente que Renée no es la portera común que aparenta ser. Que su «uniforme» es solo una tapadera con la que establecer una distancia. Con paciencia y gentileza, la invita a compartir su mundo interior. Kakuro ve en Renée a un alma afín, alguien que también busca trascender las apariencias y encontrar significado en lo efímero.
Con Paloma, Kakuro también forma un vínculo significativo. Para la niña, Kakuro es una prueba de que la vida puede vivirse con autenticidad, lejos del vacío que observa en su familia. Sus interacciones con Kakuro y Renée despiertan en Paloma un atisbo de esperanza: la idea de que tal vez el absurdo de la existencia puede enfrentarse si uno encuentra momentos de conexión y belleza.
Renée y Paloma, dos almas separadas por la edad y el contexto, encuentran una profunda afinidad. Ambas son observadoras del absurdo, espectadoras de un mundo que las desconcierta. A través de sus conversaciones, descubren que, aunque la vida puede parecer vacía, la autenticidad y el encuentro con el otro pueden ofrecer momentos de plenitud.
Cuando Renée comienza a aceptar la posibilidad de una vida más plena y se abre al afecto de Kakuro y Paloma, ocurre lo inesperado: sufre una tragedia al salvar a un indigente que está a punto de ser atropellado. Este acto de sacrificio resuena profundamente en Paloma, quien, al enfrentarse a la ausencia de Renée, encuentra una respuesta a sus propias dudas existenciales.
La muerte de Renée es una paradoja: en el momento en que finalmente decide vivir plenamente, su vida se apaga. Pero su legado trasciende: Paloma, en lugar de suicidarse, decide continuar viviendo. Encuentra en los pequeños momentos de belleza y conexión la justificación para existir, abrazando la incertidumbre y el caos de la vida.
A través de las reflexiones de Renée y Paloma, la novela aborda la idea de que la vida puede parecer carente de sentido, pero es en la aceptación de este absurdo donde reside la libertad.
La autenticidad frente a las máscaras sociales: Renée se oculta tras la máscara de la portera inculta para evitar el juicio social.
La belleza en lo efímero: La novela nos recuerda que, aunque la vida pueda ser absurda, momentos de belleza y conexión pueden hacer que valga la pena. Estos momentos son frágiles, pero son suficientes.
La muerte de Renée subraya la fugacidad de la vida y la importancia de vivir con autenticidad, incluso en un mundo que a menudo parece vacío.
La elegancia del erizo es una meditación existencialista sobre la vida y la muerte, la conexión humana y la lucha contra el absurdo. A través de Renée y Paloma, Muriel Barbery nos invita a reflexionar sobre la importancia de encontrar significado en los pequeños detalles de la existencia. En un mundo que a menudo parece indiferente y vacío, la novela nos recuerda que, aunque la vida pueda ser absurda, siempre hay belleza y sentido por descubrir si estamos dispuestos a buscarlo.
Es un canto a la vida que nos deja ver qué: «Lo importante no es morir, sino lo que te pilla haciendo la muerte viendo llega el momento».
Y como colofón, la METÁFORA del título nos obliga a plantearnos nuestro propio sistema de juicio. Cuántas de las personas que catalogamos como erizos, esconden dentro una elegancia sublime.


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