Es difícil abordar un tema tan profundo y complejo, objeto de reflexión humana desde hace siglos: el sentido de la vida y cómo enfrentamos el vacío existencial.
La religión, para muchos, ha sido una respuesta a esta incertidumbre, ofreciendo estructura, propósito y un marco moral que ayuda a soportar la aparente indiferencia del universo ante nuestras vidas.
El «vacío» puede interpretarse como la angustia existencial que surge cuando, al examinar profundamente la realidad, uno se enfrenta a la falta de un propósito inherente a la vida. Sin una guía externa que nos diga por qué estamos aquí o hacia dónde vamos, la existencia puede parecer una secuencia de días que simplemente pasan, lo cual puede ser tanto liberador como aterrador.
Frente a esta incertidumbre, la religión aparece como un refugio, un consuelo en la creencia de que existe un orden superior y que nuestra vida tiene un propósito en el plan divino. Para muchas personas, creer en algo más grande que uno mismo puede dar sentido y valor a la vida, ayudando a aliviar el peso de ese inmenso hoyo sin fin.
Vivir sin religión, en cambio, puede parecer más desafiante. Supone aceptar que tal vez no haya un sentido predefinido, que somos nosotros quienes debemos construir el significado de nuestras vidas. Esto implica la carga de la responsabilidad personal y la libertad absoluta, donde ya no se cuenta con una verdad inamovible a la cual recurrir en los momentos difíciles, donde uno vive con su propia desesperanza, afrontando el día a día, dando él mismo el sentido de su ser en este mundo en qué le ha tocado estar durante el fulgor de un suspiro.
Sin el amparo de un dios o una fe, el individuo queda solo con sus preguntas, sus miedos y sus deseos, obligado a enfrentar su propia existencia y a crear una narrativa que le permita soportar la innegable fugacidad de su ser y la incertidumbre del caos inherente al azar que reina está madre tierra.
Este enfrentamiento con el vacío puede llevar a muchos por el camino del nihilismo, esa visión en la que nada parece tener valor o sentido. Aunque, también puede abrir puertas hacia formas de vivir profundamente auténticas y personales, donde uno encuentra significado en las conexiones humanas, en la creación, en el conocimiento o en el simple disfrute de estar VIVO.
La filosofía existencialista, por ejemplo, promueve la idea de que es en esta aceptación del vacío, en esta confrontación honesta con la nada, donde se puede encontrar una libertad genuina. De acuerdo con los existencialistas, es en esta libertad donde descubrimos la capacidad de darle forma a nuestra propia vida, de darle un propósito que se construye y se vive en cada elección y en cada acto de los que somos únicos dueños, cada día.
Entonces, si bien vivir con religión puede ofrecer respuestas y consuelo; vivir enfrentando el vacío exige una valentía y una apertura profundas, pues implica vivir en un espacio y en un tiempo limitado en el que las respuestas son inciertas y donde el sentido es algo que se encuentra en la experiencia, en el día a día. No existen las promesas de lo eterno, el perdón para los actos de los que uno es únicamente responsable, el consejo universal que todo lo resuelve y a todos guia por igual.
Tal vez no sea un camino fácil, pero puede llevar a una autenticidad y a una paz interior que solo se alcanzan cuando uno acepta la finitud y fragilidad de la existencia. Enfrentar el vacío existencial, en lugar de temerlo, puede enseñarnos a valorar más intensamente la vida en toda su complejidad y belleza, a abrazar la incertidumbre como parte de nuestra humanidad, y a encontrar sentido en los pequeños momentos que componen nuestra realidad.


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