Maldito seas niñato.

   

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1–2 minutos

Ya sé para qué has venido, ya sé por qué te me has cruzado, ya sé porque te he encontrado: has venido para que te escriba.

Para que te llore en papel, para que te traduzca a tinta, para que salga por mi boca aquello que hube escondido durante tres vidas. 

Has venido para cambiar mi vibración, para trástocarme el karma, para desalinearme los chakras y todas las modas espirituales que se le ocurran a la humanidad. 

Para que todo lo antiguo y todo lo moderno se junte en un silbido infinito que me está dejando sorda.

Y no es a ti, no, no es a mí, es a él.

A ese sentimiento que me come, que me devora, que me engreña, a ése le tengo que escribir.

Me embelesas, me embaucas, me enredas, me despeinas lo que ya estaba naturalmente despeinado, me aturdes, me hablas, me ciegas.

Lo llenas todo sin tocar absolutamente nada. Me llevas anudada en tu espalda serpenteando en tu hermosa piel, naufragando en la profundidad de tu sonrisa.

Estoy en mi día, estoy en mi rutina, estoy de mi lado y sin embargo….

Sin embargo apareces y lo colapsas todo.

Me distraes, me haces viajar ignorando los entornos, me haces hablarle a fantasmas sordos que nunca me darán respuesta.

Te pienso en público, y cuando despierto sigo sentada en la silla con todos los interlocutores mirándome, pendientes, esperando una respuesta que nunca llego a dar. Me miran, me espían, pacientes. Y al poco articulan un -ya estás otra vez en las nubes-

Maldito seas niñato, por hacerme culpable de toda acusación romántica posible.

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