
Una vez conocí a una mujer de 34 años que amaba a un muchacho de 15.
Y déjenme explicarles que era amor lo que yo veía. Era amor lo que se profesaban. Amor puro y duro.
Porque escúchenme. Ese muchacho de 15 amaba a esa mujer de 34. Un amor no platonizado, un amor sin devoción, un amor sin idealización. Un amor maduro, pensado, disfrutado, pausado, atento, con un ligero alborozo recóndito del que alegra los corazones.
Y déjenme contarles que, a día de hoy, a pesar del viento en contra, todavía se aman.
Y ya sé, los sistemas legales en los que nos sustentamos no amparan sentir amor por alguien que tiene menos de determinada edad.
Además del factor madurez supuestamente existente. Disculpamos nuestra propia inmadurez argumentando que el menor es el que no puede tener todavía esa supuesta madurez; es al que todavía le queda mucho por vivir, por conocer, por experimentar; antes de poder evaluar si es realmente amor eso que siente y no puro platonismo.
Y me pregunto yo… ¿No es este pensamiento sino un reflejo de nosotros mismos…?
Pero díganme… ¿Acaso maduramos todos a la misma vez?. Es más… ¿Alcanzamos todos el mismo grado de maduración?
Déjenme recordarles que no somos ni peras ni manzanas. Que no todos somos iguales, y que aquel muchacho al que ama mi querida conocida, tiene mas pensamiento crítico y más capacidad de auto observación que la mayoría de los adultos con los que convivo.
No estoy tratando de emitir un juicio. Sólo planteo un dilema moral que todos nos hemos cruzado en algún momento de nuestra vida.
Si el amor nos es correspondido, si el amor no es forzado, si el amor ES recíproco… ¿Quién puede atreverse a prohibirnos amar?¿Quién?
En la Grecia antigua, especialmente en Atenas, existía una forma de relación parecida. Esta relación no solo era aceptada, sino que era considerada una parte esencial del desarrollo educativo y social del joven que la aprovechaba. El erastes proporcionaba educación, protección y guía moral, mientras que el eromenos ofrecía belleza y juventud. Estas relaciones se basaban en un intercambio de conocimientos y virtudes, y no se consideraban inmorales si se llevaban a cabo dentro de ciertos límites sociales y legales. Platón, en sus diálogos como «El Banquete», discute el amor platónico, que aunque en parte inspirado por estas relaciones, trasciende lo físico para enfocarse en la belleza espiritual y la búsqueda de la verdad y la sabiduría. Esta forma de amor se veía como un impulso hacia el crecimiento intelectual y espiritual por parte del joven.
Para los antiguos griegos y romanos, estas relaciones no solo eran cuestiones de deseo o pasión, sino que también implicaban la transmisión de valores culturales y educativos. Estas relaciones, aunque vistas desde una perspectiva moderna pueden ser controvertidas, eran parte integral del tejido social y cultural de la antigüedad clásica.
E insisto… Realmente, ¿Qué mujer elegiría estar con alguien que no le alcanza intelectualmente, que no le supone una moral equiparable a la suya, que no la trata de manera madura e igualitaria?
Sinceramente, creo que los 19 años de diferencia que separan a esta extraña y feliz pareja, pesan menos que los dos años que separan a muchos de los matrimonios que conozco.
Para ella, un día de no ver a su amado es un día perdido. Para él, un día teniendo que esconder el entrelazado de sus manos es un insulto que lo dejaba desprotegido.
Ella querría albergar todos sus futuros hijos, sabiendo que el tiempo no dejará que esto ocurra.
El querría dar todos sus paseos por la playa cogido de su femenina mano, sin tener que esconderse del escrutinio de miradas maleducadas.
Y qué quieren que les diga. Yo no encuentro ni el valor ni las razones para poder juzgarlos.
Y les confieso, yo no seré nunca la que prohíba quererse a las dos personas mas unidas que mis ojos me han enseñado.
¿Y quién soy yo para ni siquiera pensarlo…?
¿Y tú?
¿Quién eres tú para ni siquiera plantearlo?
Quizás sólo se quejen los que no saben ni amar, ni ser amados. Aunque sean la mayoría.
Porque después de todo, nuestra férrea e inflexible concepción del mundo es un mero reflejo de, simplemente, nosotros mismos…


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