Campo de concentración de Struthof. La resistencia que ni siquiera la opresión más brutal pudo extinguir.

   

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En las profundidades de la Segunda Guerra Mundial, el campo de concentración de Natzweiler-Struthof emergió como un sombrío símbolo de terror en el corazón de Alsacia, entre unos franceses confundidos, en un territorio arrebatado y sometido bajo el yugo de la Alemania Nazi. Oculto entre las densas nieblas y nieves de los montes Vosgos, este lugar fue uno de tantos escenarios de una de las más oscuras páginas de la historia europea.

Struthof fue el único campo de concentración establecido por los nazis en territorio francés. Inaugurado en mayo de 1941, fue utilizado principalmente para detener a prisioneros políticos, miembros de la resistencia, intelectuales, y otros individuos considerados enemigos del régimen nazi. Razón por la cual, no fue uno de los campos de concentración más crueles de los disponibles en aquel momento, ni fue calificado como campo de exterminio. 

Los campos de concentración se erigen como recordatorios escalofriantes del horror y la crueldad desatada por el odio y la ignorancia humana. Al atravesar el umbral de un campo de concentración, se siente un peso abrumador en el aire, como si las almas de los millones que sufrieron y perecieron ahí aún susurraran sus historias.

El paisaje es desolador: alambres se extienden interminablemente, torres de vigilancia parecen fantasmas verde grisaceos que observan desde el pasado, y los barracones, lúgubres y fríos, son testigos de hacinamiento, hambre, pulgas, infecciones y desesperación. Cada ladrillo y cada astilla de madera parecen impregnados de dolor y sufrimiento.

En otros campos, como Auschwitz, Dachau y Treblinka, no solo fueron lugares de encarcelamiento sino también de exterminio sistemático. Las cámaras de gas y los crematorios son testigos mudos de la aniquilación meticulosa de vidas humanas, planeada con una precisión aterradora.

Las exposiciones que suelen albergar estos lugares, con zapatos infantiles, maletas con nombres y fotografías desgastadas por el tiempo, humanizan a las víctimas, recordándonos que eran personas con sueños, familias y vidas truncadas brutalmente. Las historias de supervivientes, aunque pocas y llenas de dolor, ofrecen una luz de resistencia y humanidad en medio de la oscuridad.

Visitar un campo de concentración es confrontar la capacidad humana para el mal, para la crueldad inherente a nosotros; pero también es una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de la memoria y la educación para prevenir que tales atrocidades vuelvan a ocurrir. Es un viaje introspectivo y emocional que desafía a reconsiderar la esencia misma de la humanidad y el imperativo de defender la dignidad.

El campo de concentración de Struthof, oficialmente conocido como Natzweiler-Struthof, tiene una historia tan sombría como el resto de campos, y es importante en el estudio de los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. 

Para conocer un poco la historia y algunas curiosidades sobre Alsacia visita nuestra página siguiendo este link.

Desde su inauguración en 1941, Struthof se convirtió en un lugar donde la muerte y la desesperación eran moneda de cambio. Más de 52,000 almas, arrancadas de sus hogares y vidas, pasaron por sus siniestras puertas, cada una marcada por el estigma de ser considerados enemigos del estado nazi: resistentes, intelectuales, y minorías étnicas, todos condenados a un cruel destino.

Además de ser un centro de detención, el campo también fue un sitio de ejecución y de experimentación médica inhumana, donde se realizaron pruebas en prisioneros sin su consentimiento, abordando temas desde los efectos de la hipotermia hasta el impacto del gas mostaza. En este campo concretamente, se experimento extensamente con vacunas, en todos los casos sin éxito. Los prisioneros sufrían, maltrechos ya de por sí, los devastadores efectos secundarios de fórmulas cuya eficacia todavía no era la deseada.

La «enfermería» se puede visitar en la parte más baja del campo, a mano derecha.

Y, ¿Por qué no…? El campo tenía una cárcel propia, abajo a la izquierda, enfrente de la «enfermería», para no tener que caminar demasiado…. Una cárcel dentro de una cárcel. Un recinto dividido en habitáculos de unos 4x4m donde se hacinaban más de diez prisioneros con un único cubo en el centro de la sala. El único cubo disponible para hacer sus necesidades. Un cubo que era vaciado una única vez al día, rebosando cuando su capacidad había sido sobrepasada… 

Y adjunto a dos de los habitáculos, dos separadas cárceles, dentro de la cárcel, dentro de la cárcel. Dos cubículos ínfimos de 1X1m aproximadamente, dónde, si te iba mal, debías pasar días encerrado sin ser capaz de tumbarme, ni de ponerte en pie, de estirarte… Y sin cubo… Saquen sus propias conclusiones…

Las cenizas de los muertos, cuando tenían la suerte de morir y dejar de sufrir, eran mezcladas con los restos orgánicos de los vivos y los cadáveres de los fusilados, para su descomposición y posterior uso como abono para el huerto de las SS, que estaba unos metros más arriba del «vertedero» de compostaje. Como pueden imaginar, los viajes al «vertedero» eran numerosos… 

Y también existía el trabajo de reunir el «compost» cuando fuera pertinente y prepararlo para firmar parte del cultivo de turno …

El sustento de un prisionero de este campo, estaba compuesto de un café aguado y un pedazo de pan en la mañana, y, dos veces al día, una sopa sosa que era mas agua que caldo, con un pedazo de patata o pan duro. Con ese aporte calórico, debían aguantar todo el día bajo condiciones extenuantes, climas de todas clases (fuimos en abril y todavía nevó el día de nuestra visita) y maltratos propios de unos trabajos forzados a nivel de tortura extrema. 

Eran escupidos, maltratados y torturados por los guardias del campo a diario. Vigilados desde la casetas, amenazados constantemente con la presencia de perros rabiosos, los prisioneros aguantaban tres recuentos al día a la intemperie hiciera el clima que hiciera. Recuentos donde cada uno de ellos, sin importar la nacionalidad ni idioma, tenían que decir su número de prisionero en alemán. Si alguno de ellos fallaba, el recuento comenzaba de nuevo, alargando la agonía durante horas para, una vez terminado, comenzar con los trabajos forzados.

Y más crueles que los guardianes de las SS eran los capataces de cada regimiento. Un capataz era un prisionero que era nombrado vigilante de los demás y que, a condición de su extrema crueldad y constante vigilancia para con sus iguales, recibiría mejor alimentación y alguna que otra atención médica. 

Iguales traicionando a iguales en la miseria más extrema, el instinto de supervivencia en su máxima exponencial.

La vida dentro del campo era una prueba diaria de supervivencia contra el frío penetrante, el hambre desgarradora y la brutalidad despiadada. Los «habitantes» eran forzados a trabajar hasta la extenuación en las canteras cercanas, donde el eco de sus herramientas resonaba como un lúgubre réquiem por los caídos. Y mientras algunos sucumbían a la fatiga o eran cruelmente ejecutados, otros eran seleccionados para participar en grotescos experimentos médicos que desafiaban toda ética y humanidad.

Este campo es especialmente notorio por su brutalidad y las duras condiciones que enfrentaron los prisioneros, incluyendo  arrastre de tablones inmensos de madera por la alta montaña sobre la que está situado el campo… Todo lo que llevó a una alta tasa de mortalidad. Más de 22,000 personas perdieron la vida en Natzweiler-Struthof y sus subcampos.

Por otra parte y mirando a un lado más agradable del asunto, este entorno también fue testigo de actos de valentía indescriptible y de solidaridad humana, donde prisioneros compartían sus escasas raciones de alimento o se cubrían unos a otros durante las brutales inspecciones. Estas pequeñas luces de esperanza brillaban en la oscuridad, desafiando el régimen de terror impuesto por los nazis.

Hoy en día, Natzweiler-Struthof sirve como un lugar de memoria y museo, destinado a educar a las futuras generaciones sobre los horrores del nazismo y la importancia de recordar a sus víctimas para prevenir que la historia se repita. 

El museo ofrece exposiciones y recorridos que detallan las experiencias de los prisioneros, los crímenes cometidos allí, y la operativa del campo. 

Visitar este lugar puede ser una experiencia conmovedora y educativa, que muestra también la resistencia y el espíritu humano frente a la adversidad.

Hoy, Natzweiler-Struthof está marcado por el silencio, es un memorial que se ha alzado como un sombrío recordatorio de las atrocidades cometidas en su seno. Las estructuras en ruinas, las placas y monumentos ofrecen un lugar de reflexión.

Visitar Struthof es enfrentarse cara a cara con el abismo de la crueldad humana, pero también es un llamado a recordar y honrar a aquellos que, en medio de la desesperación, mostraron una resistencia y un espíritu que ni siquiera la opresión más brutal pudo extinguir.

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