
Marcho por un túnel, oscuro.
Oigo sus pasos detrás de mí.
Una sensación de presión va subiéndome por el estómago.
Mi respiración se acelera.
Trato de no hacer ningún sonido al caminar, pero la textura y humedad del suelo me lo impiden, Ojalá pudiera levitar.
Mis nervios se encrispan.
Empieza a hacérseme difícil mantener los latidos del corazón a raya. Ya lo siento, cual caballo desbocado golpeándome ritmicamente las sienes.
Sube la agonía por mi garganta, los pulmones me empiezan a quemar del sobreesfuerzo, un sudor gélido comienza a enfriar mi cuello y mi espalda.
Comienzo a correr, lento al principio, un trote mucho más acelerado después.
La humedad del suelo va en aumento. Encuentro irisaciones que me indican la presencia de gasolina o aceites yaciendo, amenazantes, bajo mi paso apresurado.
Necesito mirar hacia delante, olvidarme del suelo, necesito una claridad a la que agarrarme.
Me invade un agobio conocido. Me siento vencida, incapaz. Mis fuerzas comienzan a abandonarme. Mi respiración, sofocante, se torna más y más abrasadora.
Ya no puedo más, estoy al límite. La velocidad me va abandonando paulatinamente.
Y entonces lo percibo; la resignación, la renuncia de mi mente, la dimisión de mi cuerpo.
Mi trote se ralentiza, tengo que parar, necesito tomar aliento.
Ya está, lo tengo que admitir, me va a atrapar. Y una vez que me atrape se acabó, todo se acabó, ya no habrá más escapatoria.
Tendré que resignarme a ser una mera memoria.


Deja un comentario