Fuerte Schoenenbourg, el nunca vencido de la línea Maginot.

   

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En la sombra de la Primera Guerra Mundial, con sus campos de batalla aún marcados por cicatrices y su memoria plagada de pérdidas desgarradoras, Francia, determinada a nunca más sufrir una invasión alemana, erigió una colosal barrera de acero y hormigón: la Línea Maginot. Esta vasta cadena de fortificaciones, búnkeres y trincheras se extendía como un dragón de hierro a lo largo de las fronteras orientales de Francia, desde Luxemburgo hasta la región de los Alpes, un testimonio imponente del deseo francés de seguridad y paz perpetuas.

Concebida en la década de 1920 y nombrada en honor al ministro de guerra André Maginot, la línea fue un prodigio de la ingeniería militar moderna, diseñada para ser la defensa definitiva. Estaba equipada con estaciones de artillería subterránea, torres de observación que emergían de la tierra como periscopios de un submarino gigante, y kilómetros de túneles que conectaban cuarteles, almacenes, y centros de comando, todo ello entrelazado en el vientre de la tierra. En su esencia, la Línea Maginot no era solo una barrera física, sino un símbolo de la determinación francesa, una declaración de que el suelo patrio no sería tomado fácilmente nuevamente.

Sin embargo, detrás de su imponente fachada de invencibilidad, la Línea Maginot también encarnaba la tragedia de una estrategia condenada. En 1940, mientras sus fortalezas del este se mantenían vigilantes y listas, las fuerzas alemanas, astutamente y con una audacia escalofriante, simplemente las rodearon. Invadieron a través de Bélgica, flanqueando la línea y dejando al descubierto su fatal defecto: la línea era una muralla poderosa, pero estática, en un tiempo de guerra móvil y dinámica.

Hoy en día, los restos de la Línea Maginot se erigen no solo como monumentos a la innovación y el coraje, sino también como recordatorios sombríos de los límites de la guerra previsora y las expectativas desmoronadas. Aquellos que visitan sus fuertes y túneles se encuentran caminando por cámaras silenciosas, donde el eco de los pasos parece susurrar lecciones del pasado, advertencias para el futuro, sobre cómo la mayor de las fortificaciones puede ser eludida, y cómo la esperanza de la paz a través del poderío puede llevar, en cambio, a la sorpresa y la vulnerabilidad.

El Fuerte Schoenenbourg es una fascinante pieza del entramado defensivo conocido de esta Línea Maginot. Este fuerte es uno de los más grandes y mejor conservados de la línea y representa un testimonio de la ingeniería militar y la mentalidad defensiva de la época.

Ubicado en Alsacia, el Fuerte Schoenenbourg fue diseñado para ser una fortaleza subterránea prácticamente impenetrable. Cuenta con kilómetros de túneles que se extienden hasta 30 metros bajo tierra, unidos por una red de rieles internos que facilitaban la movilidad de tropas y el transporte de suministros. Estaba equipado con numerosas instalaciones, incluyendo casamatas de artillería, estaciones de observación, cuarteles, almacenes, una central eléctrica, y hasta un hospital. 

Lo que hace particularmente dramática la historia de este fuerte es su papel durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar de su imponente diseño y preparación, la Línea Maginot es frecuentemente recordada por su incapacidad para detener o siquiera enfrentar significativamente a las fuerzas alemanas, debido a que éstas simplemente, la rodearon. 

Sin embargo, el Fuerte Schoenenbourg nunca fue tomado directamente por el enemigo y sus soldados resistieron durante varios ataques, sirviendo su propósito de fortaleza defensiva. Ha sido además la parte más bombardeada de la línea Maginot. 

Desde el 14 de mayo de 1940, el fuerte ha sido objetivo de artillería alemana, notablemente un obús gigante de 420 mm y 56 obuses de más de una tonelada en exclusivamente esta punto. A partir del 20 de junio la aviación alemana lo bombardea siete veces con un total de 160 toneladas de bombas. Al final el fuerte ha resistido más de 3000 bombas y proyectiles de todos los calibres.

A pesar de todos estos ataques, el fuerte guarda todas sus capacidades de defensa. Es capaz de disparar más de diecisiete mil obuses. Invencible el equipo jamás rindió las armas; hasta a la orden formal del alto comandante francés seis días después de haber entrado en vigor el armisticio.

Hoy en día, el Fuerte Schoenenbourg ha sido restaurado y convertido en un museo, abierto al público para visitas guiadas que recorren sus profundidades laberínticas.

Posee todos sus elementos de origen y está inscrito en el inventario de Monumentos Históricos.

Los visitantes pueden explorar las instalaciones subterráneas y ver de primera mano cómo era la vida en el fuerte, con exposiciones que muestran desde las armas y uniformes, hasta las condiciones de vida diaria de los soldados estacionados allí. Esta experiencia no solo arroja luz sobre la ingeniería y estrategia militar de la época, sino que también ofrece una reflexión sobre las políticas de preguerra y la real efectividad de tales monumentales esfuerzos defensivos.

El recorrido es de 2800 metros a 30 metros bajo tierra a una temperatura constante de 13°C.

La fuerza de trabajo del fuerte se nutre de las personas voluntarias de «El club de la línea Maginot». Un club que se formó exclusivamente para la limpieza, cuidado, y restauración de toda la línea a lo largo de Francia. Sus voluntarios/trabajadores son numerosos y flexibles, ayudan cuando pueden. La mayoría tienen de 50 a 80 años y explican los entresijos del funcionamiento del fuerte en varios idiomas. También lo componen un grupo de fontaneros y electricistas que han reparado toda la instalación de este fuerte en concreto. Todos ellos, por amor al arte.

El espíritu francés desplegado en el cuidado de este monumento histórico es, como mínimo, admirable. 

Me quito el sombrero.

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