
La vida es un ciclo por el que todos tenemos que pasar.
Uno comienza sin elegirlo, arropado por el vientre de su madre, cómodo, despreocupado.
Los siguientes años, somos confiados: confiamos en que nos van a cuidar, nos van a curar, nos van a alimentar. Sabemos recibir amor abiertamente, como sabemos recibir las enseñanzas que los demás tengan por bien darnos.
Luego empieza una época de cuestionamiento de la vida, del entorno, de los demás… Empezamos a labrar nuestra propia independencia, nuestro pensamiento único.
Es una época de autodesarrollo.
También es el momento de la vida en que menos amor aceptamos. Estamos centrados en nosotros mismos y no podemos mirar más allá.
Unos años más tarde comenzamos con la ecatombe de acontecimientos: los estudios superiores, el trabajo, los créditos, la hipoteca, los bancos, el trabajo, la pareja, la suegra, las preocupaciones, los niños…
Entramos en un ritmo frenético de quehaceres, estrés y pendientes que parecen encadenarse unos con otros durante semanas, que se transforman en meses, que se transforman en años…
Y así pasan los días, despertándonos cada mañana dando por sentado que hoy resolveremos tal problema, que hoy ha surgido un imprevisto, que hoy tengo que pasarme a ver a mi madre, que hoy tengo que llevar a mis hijos al fútbol…
Y se nos olvida que estamos de prestado en la madre tierra, porque tenemos tendencia a poner los pensamientos desagradables a un lado para seguir viviendo.
Porque, al fin y al cabo, arrastrando incertidumbres y malos pensamientos; ¿Quién de nosotros tendría la fuerza de levantarse cada día…?
Se nos olvida… Que nuestro paso por ella es, al fin y al cabo, inmaterial.
Que nuestro tiempo en ella es solo un préstamo más a devolver.
Y seguimos con fuerza cada día perdiendo perspectiva.
¿Recuerdan que hablábamos de las fases? Pues unas fases son más difíciles de aceptar que otras.
Una bastante difícil es cuando alguien que queremos viene a recordarnos que no somos eternos.
Inma se nos adelantó en esta carrera hacia lo desconocido, donde todo el mundo quiere quedar el último.
Hagamos los honores a nuestra compañera pues, disfrutando cada día, riendo cada día, regalándonos las palabras amables que ella ya no puede pronunciar con voz que escuchen nuestro oídos.
Y mantengamos el pensamiento tranquilo, porque ella ya hizo lo que vino a hacer aquí.
Y hagamos nosotros lo que vinimos a hacer, con alegría, con ganas y repartiendo la misma amabilidad que a los que ya se fueron les hubiera gustado repartir si supieran que aún les quedaban unas semanas entre los que seguimos en pie.
Todos tenemos el tiempo contando. Hagamos que ese tiempo valga para ser felices y hacer felices a los demás.
Gracias Inma, por haber pasado parte de tu tiempo conmigo y haber terminado tus días recordándonos a todos la levedad del momento, la rapidez de una vida.
Gracias Inma. Ahora a tí, te toca otra fase, quien sabe cuál sea. Recibe mi luz acompañándote allá donde tú energía se perciba.


Deja un comentario