Mi familia postiza italiana

   

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4–6 minutos

Hace unos días tuvimos la increíble oportunidad de ser acogidos durante un mes por una familia italiana. 

Teníamos que pasar una temporada en el norte de Italia como destino en nuestra condición itinerante, debido a cuestiones de trabajo. 

Y, gustosos, procedimos a buscar alojamiento.

En este periplo que es nuestra vida itinerante, buscar alojamiento con un presupuesto semi cerrado no es tarea fácil. Requiere de días y días de mirar en distintas plataformas comparando precios, opciones geográficas que ofrezca el área, espacio disponible del alojamiento… Después de todo no estamos hablando de dormir una semana dónde sea y cómo sea para volver después a la comodidad del hogar. Estamos hablando de una forma de vida donde tiene que haber cabida para nuestra vida personal, laboral y escolar… En resumen, disponibilidad de un espacio mínimo para nuestra distensión, internet estable, lavadora, modo de poner un plato cocinado decente al día y más de una mesa.

Y, bajo estas escasas pero estrictas condiciones, encontramos una casa bastante prometedora en una pequeña aldea llamada Piccaluga, perteneciente a la localidad de Pontestura, en la región del Piamonte italiano (famoso por sus vinos, su comida y sus ciclistas).

Encuentra el link de la zona de Monferrato aquí.

Llegamos conduciendo claro, con nuestras escasas pertenencias de viaje a cuestas, y algo entrada la noche.

Nos recibió Antonio, padre de hijo responsable, comercial de envases diversos, esposo de una profesora de ciencias, hijo que había tenido que pasar por el mal trago de enterrar a su madre un año antes de que nosotros llegáramos a su hermosa casa. 

Nos recibió un jardín inmenso, una casa acogedora y un carácter afable, familiar e inteligente que dispersaba el propio Antonio en su afán de anfitrión impecable. 

Pasando los días, nuestras conexiones con esta tierra de italianos del norte se fueron extendiendo. Su habla, su carácter, su comida, sus costumbres, sus gentes… Italianos amables, dicharacheros, sencillos, familiares, sonrientes, acogedores y amigables estaban a la vuelta de cada esquina, mostrando un interés honesto a la hora de conocer tu origen, tu opinión, lo que habías visitado, la comida que te quedaba por probar…

En el supermercado, en alguna que otra ocasión, los cajeros preguntaban por tu nacionalidad, trataban de decir unas cuantas palabras en español. Las mujeres en la cola de la carnicería entablaban conversaciones que se convertían en monólogos cargados de sonrisas ante nuestros -Non capisco niente…

Aunque no era verdad, lo cierto es que hablando se entiende la gente. Y si ambas lenguas provienen principálmente del latín y una de las partes sabe el idioma del país que separa los dos territorios, la verdad es que tanto la lectura como la comprensión oral se hacen reálmente sencillas.

Pero volvamos a Antonio y a su familia. Que nos hicieron sentir parte de ella desde el minuto uno.

Mi hijo condujo el tractor de la familia, nos alojaron en la casa de la fallecida madre de Antonio, compartieron espacio durante un mes con una familia de gritones, pusieron a nuestra disposición juegos de dardos, mesa de ping pong, arreglos de ligeros percances acontecidos que Antonio solucionó de una manera eficiente y silenciosa, consejos turísticos… 

Todo ello regado de conversaciones agradables, recomendaciones de sitios qué visitar y comida qué probar, comentarios que hacían soltar alguna carcajada… Te hacen sentir como si fuera el hermano de uno de tus padres el que velaba por tu bienestar con el mayor de los respetos…

El penúltimo día, antes de irnos, su solícita mujer quiso invitarnos a comer el día de Pascua. Invitación que tuvimos que declinar muy a pesar nuestro, debido a las preparaciones que todavía nos quedaban por hacer en términos de maletas e itinerario para dirigirnos a nuestro próximo destino. 

Sin embargo nos pasamos a tomar un café a su casa, puerta con puerta de la nuestra, para compartir unos dulces de Pascua con la pequeña familia de estos queridos compañeros. Descubrimos que nos habían invitado a una comida estrictamente familiar, donde tres generaciones de escaso número, se habían juntado para compartir una de las escasas comidas familiares que el ritmo frenético de los días nos impone. Desde la abuela de 92 años hasta el nieto de veintipocos.

Colomba de Pascua, tarta de queso y dos huevos de chocolate de Pascua nos esperaban: uno para su hijo y uno para el nuestro. 

Me costó contener las lágrimas.

La conversación frente a un café y una exquisita selección de dulces se alargó durante más de una hora. Antonio acabó sentando a mi hijo al lado suyo en el sofá para ver el ciclismo en televisión. Inglés, español, francés e italiano bailaban en la mesa entablando armoniosos giros de danza, ornamentado un diálogo con tintes de historia y cariño.

Creo que algunos me entenderán cuando digo que, no es fácil sentirse en familia cuando estás lejos de casa, entendiendo casa como el lugar donde habitan tus padres. Y, los que hemos estado fuera, trabajado fuera, vivido entre lenguas diversas, nacionalidades mezcladas en paísajes desconocidos, lo reconocemos instantáneo. Esa calidez con la que hay gente que te acoge como si fueras uno más, dispuestos a adoptarte si quisieras quedarte más tiempo.

Gente con el cariño desbordado deseando tener una nueva compañía donde versarlo. Gente que merece la pena, gente que reconoce gente que merece la pena en todos los confines donde el universo decida ponerlos.

Gracias Antonio, gracias Caterina. 

Gracias hermosas vistas de Quarti, gracias de corazón Piccaluga.

Actualización: Encuentra aquí el alojamiento donde nos quedamos. Lo dejo a mano con permiso de su dueño. Gracias.

https://air.tl/72CnHI9x

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