Avistando una muerte no tan lejana

   

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Es curioso como no somos conscientes de lo vivos que estamos hasta que ponemos un pie asomando al otro lado. Volando en el vacío inmenso de lo desconocido.

Yo se que todos estamos perfectamente enterados que no estamos en este planeta para siempre. Que todos sabemos perfectamente que nuestro tiempo es finito. Pero sin embargo… 

Ay sin embargo…

Nos educan con vistas al futuro, con preguntas a los diez años tales como qué es lo que queremos ser cuando seamos mayores.

Nos inculcan que los muertos son viejos, pobrecito abuelito, ya tenía muchos años.

Nos bombardean en la televisión con el intento de la perpetuidad de la juventud. Con cremas, dietas y productos que nos anuncian que la vejez es algo lejano que se puede remediar. 

Nos embaucan con proclamas de dietas, ejercicios y organismos orgánicos (que curiosamente no se pudren) para preservarnos cual cuerpos momificados en la salud eterna. 

Porque la enfermedad es como el hambre en el mundo visto por un occidental: es cosa de otros.

Y estamos tan profundamente convencidos, que cuando alguno de nuestros cercanos cae enfermo, buscamos razones y excusas que tratan de encubrir nuestra vulnerabilidad. Decimos que claro, que fumó durante dos meses de su vida, que bebía un par de cervezas a la semana, que tomaba mucho el sol o que lo tomaba demasiado poco, que se vacunó o que se dejó de vacunar… 

Todo son excusas mentales para negar la realidad: que todos somos concursantes en el sorteo obligatorio convocado por una deidad llamada Caos. 

Que tenemos miles de factores genéticos que podrían ser la última causa de nuestra muerte. Y que el efecto mariposa tiene más poder sobre nuestro destino que cualquiera de nuestras sanas decisiones.

Y el dia llega… Siempre llega. 

En que aleatoriamente uno mira hacía adelante, mucho más allá de lo que está miopemente acostumbrado, y la ve. Esa esencia de la nada, ese ente vacío, esa oscuridad desconocida, ese familiar de todo el mundo. Esa de la que nadie se escapa en esta existencia.

Y se te corta la respiración. Se te congela el miedo en las venas. Se te hace un nudo marinero de siete vueltas en el estómago y comienzas a llorar lágrimas invisibles, silenciosas, lentas… 

Como pudo ser, se pregunta uno. Si yo estaba aquí tranquilamente viviendo y no hacía nada que atrajera al fin de mis dias…

Y sin embargo ahí esta, mirándote a los ojos, inmutable, tranquila, sabiendo que no tardará mucho en ganar esta batalla. Sin saña, pero sin dudas.

Y despues de tragar saliva espesa y costosa, los pensamientos fluyen por la cabeza como hojas arrastradas por el viento. ¿Debería llorar? ¿Debería quejarme? ¿Debería ser positivo? 

Y empiezas a convertirte en el espectador de cómo ven los demás las noticias. De cómo reaccionan los demás ante tu persona.

Evasión de la miradada, pena, coraje falso por no querer afrontar los acontecimientos, ánimos vacíos de significado… 

Porque al fin y al cabo ellos no son los que se mueren, eres tú. El otro, el que de repente es mas lejano que de costumbre. Para el que encontrarán otras mil y una excusas repetidas para justificar la muerte.

Y uno lucha contra el tiempo sabiendo que manquequiera no ganará. Saboreando cada sonrisa, cada lágrima, cada palabra. 

Y uno se pregunta la futilidad de la existencia, cómo quedarás en un recuerdo para toda esta gente a la que ahora estas mirando a los ojos. Y uno se demanda cuánto tardaran en sonreir despues de llorarte. Y, gracias a la vida, uno se contesta así mismo: que poco. 

Que todo el que te quiso te  recordará, quizás te añore durante mucho tiempo. Pero lo cierto es que pronto comenzará a sonreir de nuevo. Pronto comenzará a preocuparse por banalidades otra vez. 

Porque eso es la vida. 

Porque la ausencia de la existencia futura, no nos hace existir más en el presente. 

A no ser que así consigamos tomárnoslo nosotros mismos.

Lo consiguen solo los fuertes, se lo adelanto. Y no hablo del físico… Ya saben…

Aunque es inevitable mirar a la muerte, saber que vas a perder la batalla y, que al final de todo, tampoco importa, nada importa.

Pero, a pesar de todo está vacío existencial, lo más dificil de todo: es dejarse olvidar. Renunciar a quedarte para siempre en la memoria de otros. 

Saberse insignificante en este engranaje de seres vivos que interactuan y desaparecen con inmensa perpetuidad.

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