Extremadura, esa tierra que emerge como si no tuviera importancia, con la sutileza de un lienzo pintado por el tiempo. El gran testigo de unas tierras compartidas y custodiadas por las sociedades más poderosas de este continente.
Esta región es un escenario donde el romance y la historia danzan en un eterno baile que todavía no termina.
Sus paisajes son como versos que narran historias de conquistadores y conquistados, de hermandad, de sabiduría compartida; donde cada colina, cada río, parece susurrar secretos de épocas pasadas.




Extremadura, esa tierra española bañada en sol, es un tapiz tejido con hilos de un pasado rico y diverso. Su historia es una narrativa tan vieja como la historia de la tierra, marcada por la presencia de las distintas civilizaciones que han dejado su huella indeleble en esta región.
En la prehistoria, Extremadura ya era un escenario de vida humana, como lo atestiguan las pinturas rupestres en cuevas como la de Maltravieso en Cáceres, mostrando la presencia del hombre desde tiempos paleolíticos.
Con la llegada de los romanos, Extremadura se transformó. Mérida, fundada en el año 25 a.C. como Augusta Emerita, se convirtió en una de las ciudades más importantes de la península Ibérica. Los romanos dejaron un legado impresionante en infraestructura y arquitectura, incluyendo teatros, puentes y acueductos, muchos de los cuales aún despiertan asombro por su ingeniería y belleza. Además, la ciudad emérita de Mérida se encargó sabiamente en preservar, cuidar y restaurar estos testigos de esta sabiduría acumulada durante siglos.








Tras la caída del Imperio Romano, Extremadura pasó a ser un territorio de disputa durante la época de la Reconquista, con cristianos y musulmanes alternando su dominio. Este período dejó fortalezas y castillos que salpican su geografía, testigos de las batallas y encuentros entre estas culturas.
En el siglo XV, con el matrimonio de los Reyes Católicos, Extremadura comenzó a jugar un papel crucial en la exploración y conquista del Nuevo Mundo. Fue cuna de conquistadores como Hernán Cortés y Francisco Pizarro, figuras clave en la historia de América, y en la de nuestra gastronomía venidera.
El siglo XIX trajo consigo cambios y desafíos, con Extremadura participando activamente en las guerras napoleónicas y sufriendo las consecuencias de conflictos internos de España. También sufrió los vaivenes de las batallas ganadas y pérdidas en la lucha de los portugueses por la independencia.










Hoy, Extremadura se enorgullece de su pasado, preservando su herencia cultural y arquitectónica, al tiempo que mira hacia el futuro, conservando la belleza y la riqueza de su historia para las generaciones venideras. Su pasado es un crisol de culturas y eventos que han dado forma a su identidad única.
En Extremadura, el amor se respira en las calles empedradas de sus ciudades, como Cáceres, guardianas de un legado medieval. Sus murallas y ruinas no son solo piedras; son testigos silenciosos de promesas y pasiones antiguas.




La naturaleza de Extremadura, con sus vastos campos, donde la dehesa acaricia el horizonte, se convierte en un refugio perfecto para los toros y los cerdos de pata negra. Los atardeceres, tiñendo de oro y fuego los alcornoques y encinas, crean un ambiente ideal para paseos y reflexiones.
Su gente amable, acogedora y jolglórica, llena las calles con un acento entre castellano de castilla y andaluz. Un precioso deje de mezcolanza y algarabía.



Los extremeños son gente de raíces profundas, que agotan el folclore y las tradiciones, fieles a sus costumbres.
En cada festival, en cada celebración, reviven las historias de sus antepasados, manteniendo viva la llama de su rico patrimonio cultural. Su amor por la tierra se refleja en su respeto por el medio ambiente y en el cuidado de sus paisajes y ciudades.



La gastronomía, con sus sabores intensos y auténticos, como el jamón ibérico y los quesos de la tierra, es una invitación a deleitarse en compañía, a saborear cada bocado. Un deje de la gastronomía portuguesa se abre paso descarado, para recordarnos que ninguno existimos sin el de al lado. Que el vecino es tan importante como nosotros mismos.




En resumen, Extremadura, esa gran olvidada al oeste de España, tierra fronteriza con nuestro hermanos portugueses, tiene tanto que ofrecer; que una mera visita tipo trámite no hará más que dejarles con ganas.
Aventúrense a descubrir la región dedicándole el tiempo que se merece.


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