
Évora es otra de las varias ciudades calificadas como patrimonio Mundial por la UNESCO que salpimentan Portugal.
Es una pequeña urbe con más de cinco mil años; se han encontrado restos de esas fechas.
Como muchas ciudades españolas que han sido históricamente enclaves comerciales, Évora fue ocupada primeramente por los celtas para después sucederse la típica serie de invasiones por romanos, visigodos, moriscos… Y así hasta hoy día.

En esta preciosa villa de calles estrechas y suelos empedrados, vemos de cuando en cuando el maravilloso arte portugués de los azulejos. En ciertas capillas, iglesias, salas de Palacios… nos encontramos a nuestro paso maravillosos azulejos pintados a mano con el famoso arte portugués.
Es de especial atención la catedral de Évora. Aún a pesar de no ser una de las catedrales más ornamentadas o llamativas en las que hemos estado, lo cierto es que merece el precio de 3’50 euros que pagamos por subir a las terrazas.







Desde lo alto de este monumento, se observa la totalidad de la ciudad, además de apreciar una preciosa torre que más parece sacada de un castillo que de una iglesia, presidiendo en lo alto, lista para ser admirada.
El claustro o patio también es realmente precioso. De nuevo quizá no el más ornamentado, pero desde luego el dejar fluir las plantas, árboles, y naturaleza en general, en los alrededores del pozo en el centro del claustro, le da una belleza diferente y especial. Además los tonos grises oscuro propios de las piedras de estas regiones, hacen que la paz enseguida nos inunde hasta el último recodo de nuestro ser.
Como testigo indiscutible de la época romana, encontramos un templo romano, o más bien sus ruinas, a la espalda de la propia catedral. Cerca de un mirador imponente.
Aunque, desde mi punto de vista, la estrella de la ciudad es la capilla de huesos que se encuentra en la iglesia de San Francisco. Es una capilla cuyas paredes internas están forradas con los miles de huesos sacados del cementerio que antiguamente había rodeando la propia capilla. Un cementerio muy famoso en aquella época dónde, por alguna razón, todo el mundo quería ser enterrado. Hizo además de fosa común cuando las fases más macabras de la historia llamaron a su puerta. En algún momento, decidieron reunir todos esos huesos alojados en las entrañas de estas tierras, levantarlos, y erigir un monumento interior dentro de esta escueta sala.




Las vistas son impresionantes, miles de cráneos se encuentran apilados unos sobre otros entre tibias, peronés, húmeros, cúbitos… La sensación es a la par espeluznante e impresionante. Te sientes encogido ante tanta realidad interna.
A la entrada hay una inscripción que dice: «estos nuestros huesos están aquí en espera de los tuyos».

Con esta alusión a la muerte y a la temporalidad del ser humano, nos tratan de recordar que: polvo somos y en polvo nos convertiremos.
No hay guerra que ganar, las batallas las libramos de manera personal, pero al final, la eternidad no nos espera. Somos lo que somos, y todos terminaremos de la misma manera. Disfrutemos mientras tanto el camino.
Dejo el enlace al vídeo para que puedan disfrutar de esta peculiar capilla.
Pero, si de verdad están interesados en capillas de huesos, acompáñenme en otro post que hice sobre otra pequeña sala de huesos. Más modesta pero, a mi gusto, más «coqueta»…

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