
Lisboa es la capital de Portugal.
Con algo más de medio millón de habitantes, aumenta la densidad de gente en las calles enormemente debido a la cantidad de turismo que, silenciosamente, se va apoderando de los transportes y las esquinas.





Tengan ésto en cuenta a la hora de planificar sus visitas, coger el transporte público de vuelta al hotel o al apartamento, a determinadas horas del día, es una auténtica pesadilla.
Es tal el desastre, el tráfico y la cantidad del gente, que inventamos un término para esta actividad diaria que nos tomaba cerca de dos horas cada día: Bus Hunting (o caza de autobuses)…
Se trataba de, a la desesperada y viendo que los autobuses llegaban cuando podían debido al denso tráfico, tomábamos el primero que acudiera que llevara la dirección que necesitábamos. Y luego trazabamos combinaciones alternativas para tomar posteriores autobuses. Así hasta llegar al alojamiento. Este «bus hunting» requería que nos separáramos en varias calles, en puntos estratégicos, desde los que avistábamos distintas paradas de autobús para poder optar al que antes llegara. Puedes leer nuestros tips para moverte por Lisboa en este post.
Toda una estrategia improvisada cada día, con la ayuda del tan querido Google Maps…
En fin. Ya no les aburro más con los pormenores, centrémonos en los encantos.
Lisboa es una ciudad preciosa situada en la desembocadura del río Tajo en el océano Atlántico. Como toda ciudad con agua, la belleza se multiplica con vistas de tintes con contrastes, puentes grandiosos y monumentos vertiginosos, gracias a la extensión de espacio que ofrece tanta costa.
Hace quince años se respiraba el ambiente portugués por allá por donde uno se movía. Pequeños restaurantes de comidas caseras regentados por una señora entrada en años.
Hoy día se respira mucho tumulto europeo y hay, quizás, demasiadas colas en las atracciones turísticas.
Aún a pesar de ello, sigue siendo tan bella como siempre.
Una vez estén aquí, hay cosas que no se pueden perder: el «Monasterio de San Jerónimo» (video adjunto), el «Monumento o Patrón de los Descubrimientos» (video adjunto) y la Torre de Belem.
Ésta última fue construida en 1520 con propósito militar, durante el reinado de D. Manuel I.
Durante muchos años fue el punto de partida de los barcos exploradores portugueses. También sirvió como prisión, faro y punto de recaudación de impuestos para los barcos que osaban cruzar sus delimitaciones.
Fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1983.
Nosotros fuimos cuando estaba anocheciendo, lo que tiene la ventaja de verla sabiamente iluminada para apreciar muchos detalles, pero impide entrar ya que cierra a las 17:30.








Para añadir cosas pendientes que pueden hacer en Lisboa, no se pierdan alguno de sus tranvías funiculares. Dotados de un sistema similar al de los trenes cremalleras, estos tranvías suben por una pendiente considerable a alguno de los múltiples miradores desde los que se puede contemplar el perfil de la ciudad.
Nosotros tomamos el funicular Gloria con destino en Mirador de Sao Pedro de Alcántara. El precio es de 3’80€, pero si tienen una tarjeta de transporte de bono de un día o más, va incluido en ella.



Abonando en el tema de funiculares, encontramos la torre o ascensor de Santa Justa que, abriendo en 1902, estuvo uniendo las partes altas de las ciudad con las bajas respondiendo a la utilidad de transporte público que, con el tiempo, la encauzó hacia un atractivo turístico.



La construcción de la torre dice estar en consonancia y estilo con la de la torre Eiffel. Aunque con mucha menos altura.
En el piso superior tiene un lindo mirador con más vistas de esta escalonada ciudad.
La entrada es de más de cinco euros, aunque existe una rebaja sustanciosa si posee un título diario de transporte o alguna de sus alternativas. (No te pierdas nuestro post de como desplazarse por Lisboa, link aquí).
Una agradable visita si les sobra tiempo, es el Museo del Azulejo, donde exponen en unas pocas salas, grandes ejemplos de este arte portugués por el que es tan conocido el país.






No olviden disfrutar de la gastronomía de un país con tanto que ofrecer. Tómense el tiempo de ir a algún restaurancito alejado del centro, que sirva comida portuguesa. En este país se come muy muy bien.












Bacalao dorado y sopas de ensueño le están esperando a la vuelta de cada esquina. Por no hablar de sus deliciosos postres…
Disfruten. Anden. Coman. Descubran. Vivan.


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