El eterno horizonte de cara al Mont Saint Michel

   

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Imponente se alza como un castillo de ensueño, recortado en un horizonte eterno, el Mont Saint Michel.

Llevaba como 25 años deseando ver esta maravilla que emerge del medio de la nada. Con la mirada lejana, perdida, sin apenas enfocar, uno distingue la magnífica roca señorial que se yergue cortándole a uno la respiración momentáneamente. Mandíbula inferior casi a la altura de las clavículas, uno se pregunta los cómos y los porqués de esta construcción que parece sacada de un cuento de hadas de los antiguos, de los de romance pastelero y aventuras desmedidas.

Y es que, ¿quién no ha visto alguna vez una fotografía de esta imponente infraestructura encaramada en una roca gigantesca rodeada completamente por el agua del río Couesnon, en Normandía, al norte de Francia?. 

Una imponente isla rocosa sobre la que el ser humano se empeñó en hacer de las suyas, y plasmar el arte arquitectónico levantado sobre siglos de conocimiento sobre el tema; de tal manera que la piedra y los edificios se funden en un abrazo tan coordinado, que cuesta diferenciar dónde empieza uno y dónde termina el otro. 

En su cúspide se alza la Abadía del Monte, impávida, sabiéndose observada. Valiente descarada… Unida a ella, en el punto más alto, a 170m de altitud sobre el nivel del mar, el arcángel San Miguel observa a los más de tres millones de personas que acuden cada año a admirar sus reinos.

Al visitarla puedes encontrar dos escenarios, que la marea esté alta y vayas en una determinada época del año, viendo por tanto el monte rodeado de un manto de agua interminable; o que vayas con marea baja y en otras épocas del año donde el fondo del río te enseñará su cara más superficial.

En ambos casos, se accede al conjunto histórico a través de un puente muy largo, que se puede atravesar a pie o en una lanzadera que hace el trayecto desde el parking hasta casi los pies del monte. Desde hace mucho tiempo el límite hasta donde te puedes acercar en coche, está bastante alejado.

Mi recomendación es coger la lanzadera o autobús, bajarse una parada antes del puente, y disfrutar de un paseo de diez o quince minutos con unas vistas inigualables. Me agradecerán el consejo.

Una vez traspasas la muralla de entrada, un mundo de piedra se muestra a nuestros ojos asombrados. Es tal la cantidad de piedra que rodea a uno, que ya no se puede discernir dónde termina el suelo, dónde empiezan las fachadas ni en qué punto una casa cede lugar a su colindante.

Entre estos tonos marrones y grises, se pasea la mirada por asimetrías constantes, calles estrechas que aún se acercan más si miramos a lo alto. Tanto, que parece que algunos pisos se juntaran con los de enfrente desde ciertas perspectivas. 

Éso sí, prepárense a subir cuestas, porque estamos hablando de un terreno no precisamente llano…

Edificio tras edificio subimos arrastrando nuestros cuerpos por callejones laberínticos que se convierten en dueños de tu destino. Es imposible saber por dónde vas a salir ni con que otro callejón te cruzará esta callejuela que todavía estás pensando si tomar…

En lo alto, si siempre vas subiendo, llegarás a la puerta de la Abadía. El día que estuvimos nosotros, no tuvimos la suerte de pillarla abierta. Consulten bien los horarios de la misma antes de venir, no se lleven una desilusión tan profunda… De cualquier modo he visto que es una abadía preciosa con techos altos y solemnes, y un precioso claustro que merece mucho la pena.

Planeen por ello bien su visita, tengan en cuenta el tiempo necesario para encontrar aparcamiento en el parking, tomar el autobús que les acerca en unos doce minutos, un paseo de unos diez o quince minutos si quieren recorrer el puente andando, y otros al menos diez minutos para subir hasta la abadía. Entren lo primero de todo, y cuando salgan, déjense perder por los callejones con las vistas más inolvidables que se puedan imaginar. 

No es de extrañar que esta milagrosa nimiedad haya sido incluída en la lista de Patrimonio de la Humanidad confeccionada por la UNESCO. 

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