
Ya se acerca la fecha en que nos semi mudaremos de nuevo. Esta vez el destino no es muy lejano: un par de dias de conducción, mes y medio en otro país y vuelta. No son clientes muy exigentes.
Sabes que esta todo a la vuelta de la esquina, que te vas a sentir en casa en menos de cuatro días, que tus allegados más cercanos siguen ahí, a tu lado, incondicionales.
Pero sin embargo, no se puede evitar esa sensación de vértigo, de acercarse al vacío. Esa sensación comparable a ponerse a la orilla de un acantilado, todo a la orilla que uno puede sin arriesgar una caída. Pero con la sensación de posible desmadre, de incertidumbre, de cercanía de lo desconocido… Ese entre amar y temer un cataclismo suave, una ruptura temporal, desear una bofetada y encajarla con entusiasmo.
Pues en estas fases estamos. A punto de comenzar a hacer las maletas de nuevo. Amando la sensación de desconocido que desprende el futuro a corto plazo. Ahogando preguntas, evaluando un forastero que todavía esta por conocer, deseando descubrir las banalidades de otros, los de un poco más allá.
Tratando de manejar el ligero miedo que se entrelaza con una pizca de angustia y un inabarcable deseo de aventura y descubrimiento.
Tratando de aplacar el ligero estrés que nos hace a todos ser un poco menos pacientes.
Tratando de pretender que este sueño que vivimos es nuestro cotidiano.
Tratando de seguir soñando.
Gracias vida.


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