6:30 de la mañana, suena el despertador. Hoy va a ser un día especial. Se levanta lleno de energía, se lava la cara, se viste, se peina… Café tostada y al coche.
Realmente no sabe el origen de tanto positivismo, sabiendo que en la oficina le espera lo mismo de siempre: llamadas, correos a los que contestar, cosas agendadas a las que atender y un sinfin de conversiones con semi desconocidos a los que hay que sacarlas el proyecto adelante.
Mientras su esposa, que cuando usted se levantó ya andaba en la chamba, acerca a los niños al colegio, se acerca al mercado, repasa mentalmente las mil tareas que le esperan en su trabajo a medio tiempo que tiene desde hace unos meses. Desde que sus niños demandan más independencia.
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Trabajo, trabajo, trabajo y otra llamada más. Pero esta es diferente, esta le cambiará la vida.
Su hija, la preciosa adolescente de 16 años, ha sido vista con dos tipos que la forzaron a entrar a un coche a la salida de la prepa, cabeza por delante.
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La sangre se congeló dentro de su cuerpo durante un instante eterno. Llama a su mujer, quizás ya haya sido informada. Nadie responde al teléfono.
Trata de devolver la llamada a la policía, pero es una línea que no recibe llamadas.
Se levanta de la silla, el sudor frío le recorre la espalda.
De manera violenta agarra sus enseres y se mete en el coche. Portazo y arranque. En un momento se planta en la puerta de la prepa, donde ya está el director plantado con la sospecha de que llegaría a preguntar por ella.
Preguntas interminables. Respuestas difusas. El pánico le sube por la espina dorsal, entumece sus músculos a su paso. Quiere llorar pero las lágrimas no pueden salir.
De nuevo coche. Conduce como en un sueño roto. Una pesadilla que le ha golpeado despierto.
Allí está su casa, al fondo de la avenida. Acelera, no puede esperar.
Su mujer, desconsolada, llora las lagrimas de todas las madres huérfanas de hija que en la historia han sido.
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Meses han pasado de aquel día. Aquella neblina que los enfiló de repente y que les arrebató sus tiempos, sus ganas, su hija…
La Policía no da más esperanzas, la noticia ha dejado de ser actualidad. La adolescente ha pasado a ser una más. Una mas en el bote de los desaparecidos, de los olvidados por todos menos por los más cercanos, de los prescindibles…
Y desde entonces su mujer y usted deambulan, perdidos en un limbo que no se puede describir, entre la existencia y la inexistencia, entre la falta de esperanza y el desamparo social.
Han dejado de trabajar, no pueden llevar más una vida normal, dependen de la caridad social, de la ayuda de los vecinos haciéndose cargo de su otro hijo, al que de alguna manera silenciosa han ido dejando de lado.
Y se culpan, ella, usted, el uno al otro. Y quieren hundirse en un pozo infinito de desesperanza y que los dejen allí. Ya no quieren que vaya nadie a rescatarlos jamás.
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Da miedo, verdad?
Esta es la situación que decenas de familias pasan cada año en nuestro territorio. Familias destrozadas, rotas, incomprendidas, olvidadas…
Familias que a duras penas pueden seguir una vida normal, familias que nunca paran de buscar, de remover, de preguntar, de vagabundear las calles de sus remordimientos, de programar tumbas olvidadas.
Personas que son tratadas de manera injusta por nuestras entidades sociales; con una mezcla de desconocimiento de su situación, falta de empatía, falta de comprensión.
Hubieran dado su vida entera por recuperarla.
Nadie les puede devolver esa pérdida. Nadie puede traer a esas personas desaparecidas a las que siempre espera un familiar. Pero hay cosas que si podemos hacer
Podemos escuchar, tantas veces como haga falta sus anhelos y necesidades.
Podemos practicar con ellos la empatía y hacerles saber que México llora esta situación.
Podemos hacer a esos padres, a esos hijos, a esas esposas volver a tener una vida para con los demás. Volver a ser padre, hijo o esposa para los demás, los que quedan alrededor suyo, los que no han desaparecido. Los que todavía están a su lado y necesitan atenciones y cuidados.
Para que estos hijos presentes todavía no desaparezcan también en las garras de la droga, del alcohol, de la ausencia de unos padres desesperados por un hermano desaparecido.
Necesitamos poder brindarle a estas centenas de familias apoyo emocional a través de programas de soporte tanatológico, de psicología especializada, de aceptación para la superación del duelo.
Necesitamos darles a esas mamás buscadoras una vía de escape para su ira, para su enojo, para su incomprensión.
Necesitamos un sustento emocional elaborado y planificado por el gobierno que ayude a nuestros hermanos, amigos, vecinos y familiares a superar eso por lo que rezamos para que no nos pase a nosotros nunca.


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